Los últimos meses de este año que ya se nos marcha han supuesto la conclusión a un largo proceso de desencuentro, enfrentamiento y confrontación social. La persecución de sueños y metas, con un alto coste personal y colectivo, han desembocado en frustración y división. Hace muchos siglos, según leemos en la Biblia, el pueblo de Israel también sufrió una profunda división. Poco después de haber alcanzado esplendor, fama y poder durante el periodo del rey David y el rey Salomón, el reino acabó dividiéndose en dos: Israel y Judá. La situación no acabó aquí, sino que a medida que iban sucediéndose las generaciones todo se iba deteriorando más y más. Finalmente,  ambos reinos fueron destruidos y la población deportada. ¿Qué es lo que llevó al pueblo escogido por Dios a este triste desenlace? Según leemos en los libros de Crónicas y Reyes de la Biblia fue su egoísmo, hipocresía, mentiras, ansia de poder, idolatría y separación de Dios. En Palabras del profeta Jeremías (Jeremías 2:13): “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”.

Quizás te estés preguntando qué tiene que ver esta historia con la Navidad. ¿No es esto algo exclusivo de civilizaciones antiguas? Mas bien al contrario. Jesucristo nació en el reino de Judá hace más de dos mil años y lo hizo para cumplir la promesa de Dios que enviaría a un Salvador. No era ciertamente un salvador como esperaba el pueblo, puesto que no se trataba de un líder político, espiritual o un guía moral. Jesucristo, el Hijo de Dios, nació para salvar al hombre de todo aquello que le separaba de Dios y de su prójimo, es decir, del egoísmo y la maldad, algo que la Palabra de Dios llama “pecado”. Éste era el verdadero problema de Israel, que también lo es de todo el mundo. No se trata de un problema político, social o educativo; es la maldad que reside en cada uno de nosotros, tal y como san Pablo nos dice en Romanos 3:10: “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”.

Ante semejante panorama nadie aceptaría a Jesucristo como Salvador, puesto que el orgullo personal nos lleva a  no reconocer la necesidad de salvación y, desgraciadamente, así ocurrió, como nos explica el apóstol Juan en  su primera carta (3:19): “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. Esta Navidad deberíamos mirarnos a nosotros mismos y darnos cuenta que lo necesitamos a Él. Como bien vuelve a escribir Pablo en la carta a los Romanos (5:8): “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.

 

Este 2017 también acaba con el recuerdo de la celebración de los 500 años de la Reforma protestante. Marca un hecho capital en la Historia, el momento en el que se vuelve a buscar la salvación humana, lejos de los propios esfuerzos, y en la Palabra de Dios. En octubre conmemoramos medio milenio desde que el monje agustino Martín Lutero clavó sus 95 tesis en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg en Alemania. Con este sencillo gesto, con el que criticaba las tradiciones que se habían introducido en la iglesia de su época, inició un movimiento que llevó a recuperar la Biblia, la Palabra de Dios, para todo el pueblo. Tras él, innumerables reformadores llevaron la Biblia a muchos países y donde la intolerancia no erradicó la Reforma, allí floreció y fructificó. Muchas de las sociedades de esos países se beneficiaron de la lectura y el aprendizaje de la Palabra de Dios.

 

500 años después de la Reforma su mensaje aún está vivo: que la salvación viene sólo por medio de la Escritura, sólo por la Fe, sólo por la Gracia de Dios, sólo por medio de Cristo y que de Él y para Él es la Gloria. En palabras del apóstol Pablo, nuevamente: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).

 

Estas Navidades recuperemos este maravilloso mensaje, que Jesucristo, Dios Hijo, nació entre nosotros, como un regalo de Dios Padre, para traer la salvación a todos nosotros con su muerte y resurrección, no importa cuáles sea nuestros pecados y males. No busquemos soluciones a nuestros problemas donde no las hallaremos, busquemos en el pobre pesebre de Belén y encontraremos a quien realmente es Príncipe de Paz Eterno: el Mesías Jesús.

 

Acabamos con un precioso cántico que el profeta Isaías de Israel compuso 700 años antes del nacimiento de Cristo en el que describió cómo sería este Mesías. Leemos en el capítulo 53 del libro de Isaías:

 

¿Quién ha creído a nuestro mensaje y a quién se le ha revelado el poder del Señor? Creció en su presencia como vástago tierno, como raíz de tierra seca.
No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia lo hacía deseable.


Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos. Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. Maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca; como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca.


Después de aprehenderlo y juzgarlo, le dieron muerte; nadie se preocupó de su descendencia. Fue arrancado de la tierra de los vivientes, y golpeado por la transgresión de mi pueblo.


Se le asignó un sepulcro con los malvados, y murió entre los malhechores, aunque nunca cometió violencia alguna, ni hubo engaño en su boca.

Pero el Señor quiso quebrantarlo y hacerlo sufrir, y, como él ofreció su vida en expiación, verá su descendencia y prolongará sus días, y llevará a cabo la voluntad del Señor.


Después de su sufrimiento, verá la luz y quedará satisfecho; por su conocimiento mi siervo justo justificará a muchos, y cargará con las iniquidades de ellos. Por lo tanto, le daré un puesto entre los grandes, y repartirá el botín con los fuertes, porque derramó su vida hasta la muerte, y fue contado entre los transgresores. Cargó con el pecado de muchos, e intercedió por los pecadores”.

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Sexto domingo después de Pascua, Exaudi

 

Cada época ha supuesto un nuevo reto para la Iglesia universal. Después de que hayan pasado casi dos décadas del siglo XXI, parece que está costando encontrar un papel relevante para la Iglesia, como organización, en el seno de la sociedad. Hace ya bastantes años que las iglesias de teología liberal optaron por interpretar un papel humanitario dentro del tejido social. De esta forma, aumentó el énfasis en la acción social a expensas de la predicación de la Palabra. Con el tiempo, se produjo una confusión de ambas facetas y, finalmente, se sustituyó la vocación evangelizadora por la acción humanitaria. Es un hecho común que, la mayoría de estas iglesias, entienden hoy que evangelizar es hacer acción social. Frente a esta actitud las iglesias de teología conservadora optaron por enfatizar la predicación de la Palabra en un entorno desfavorable. Con el correr de los años, la transformación moral de la sociedad y la creación de nuevos paradigmas empujó a las iglesias conservadoras a replegarse y centrar su labor de "fuera a dentro", cayendo, en algunos casos, en cierto aislacionismo.

Ciertamente, las iglesias liberales poseen una mayor sensibilidad para abordar las cuestiones complejas que las sociedades postmodernas plantean al hombre. Esto es así porque conforme la sociedad se mueve hacia uno u otro lugar, la iglesia, entendida como comunidad humana de fe, adopta, integra y absorbe los cambios y los incorpora a su tradición y bagaje teológico. La cuestión es si ésta es la forma en la cual la Biblia nos estimula a abordar las realidades sociales en las que nos movemos. Desde un punto de vista práctico, y muy interesante, los profetas del Antiguo testamento nos ayudan a entender cómo el fiel a Dios y su Palabra debe enfrentarse a los retos que la sociedad contemporánea le plantea. Ciertamente, la solución no es dar elasticidad a la Palabra de Dios hasta retorcerla o desfigurarla para que demos cabida a cualquier manifestación social o cultural. De esto sabían mucho los falsos profetas que, para congraciarse con los reyes y el pueblo de Israel, torcían y se inventaban lo que Dios quería decir para, de esta manera, justificar lo que se oponía a la voluntad del Creador. Por otro lado, de poco ayuda aferrarse a una interpretación de la Palabra de Dios que se demuestra ineficaz y carente de poder. En ese caso, debemos preguntarnos no qué está fallando en la Palabra de Dios (puesto que por ser divina nada hay erróneo en ella), sino qué estamos haciendo mal nosotros para que nuestra interpretación no esté llevando el mensaje esencial en el momento que nos toca vivir.

Si algo nos enseña la Escritura, es que no hay mensaje más importante que conocer a Cristo y a éste crucificado (1 Corintios 2:2). La Iglesia tiene legitimidad y llamado para preocuparse por la ayuda social, por el medio ambiente, por la pobreza, por las familias, por la vida, por la dignidad humana y por muchos otros temas que reflejan el amor y la misericordia que Dios tiene por su creación y que nos debemos los unos a los otros; pero si la Iglesia deja de predicar la necesidad de la fe salvadora en Cristo Jesús, deja de mostrarle al hombre que sin Cristo está muerto en pecados y delitos y que sin Jesús Nuestro Señor no tendrá la vida eterna, el resto de lo que haga no será más que humanismo ilusorio o moralidad hueca. El papel de la Iglesia en el siglo XXI es el mismo que el de la Iglesia en el siglo I: predicar la necesidad del arrepentimiento y la fe en Cristo Jesús como único instrumento de salvación. Tenemos que saber cómo llevar ese mensaje a toda criatura, a todo ser humano, sabiendo que cuanto más ahondamos en este mensaje mayor amor mostramos para con nuestro prójimo y para con nuestro Dios. Sólo cuando seamos capaces de predicar el Evangelio a todos, sin excluir a nadie, la Iglesia volverá a ser relevante en medio de un siglo de cambios tan acelerados como el nuestro. La sociedad cambia, el ser humano cada día posee mayor conocimiento, el mundo que nos rodea se transforma y nos deja perplejos. Cada día que pasa nos cuesta más asumir la incerteza; pero en medio de nuestro estupor hemos de recodar que «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hebreos 13:8), ésta es la única realidad que importa. AMÉN.

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Primer día de Cuaresma

 

La sociedad occidental, y por extensión muchas sociedades de otras partes del planeta, está viviendo una etapa de profundos cambios. Cada día se alzan más voces pidiendo respeto y más cuotas de libertad individual y, a la vez, otras personas demuestran un alto grado de intolerancia hacia quien piensa o es diferente. Sin lugar a dudas, esta aparente contradicción es el día a día de una sociedad que se está transformando. Seguramente, ninguno de nosotros sabemos hacia dónde se encamina la humanidad. Es muy probable que cada vez se exijan más cuotas de libertad personal; pero de la misma forma se va a restringir la manifestación del pensamiento disidente. La paradoja de la sociedad del siglo XXI reside en que se busca que nadie juzgue a nadie y a la vez se impone un comportamiento tolerante. Sin duda, un interesante fenómeno que los sociólogos deberían estudiar.

Ante este panorama, ¿cómo debe actuar la Iglesia?, ¿cómo debe responder el cristiano? La respuesta tradicional de la cristiandad hacia la exigencia de libertad total por parte de la sociedad siempre ha sido recelosa, cuando no de enfrentamiento directo. La delgada línea que separa libertad y libertinaje ha traído al seno de la Iglesia grandes discusiones. Por un lado, los protestantes siempre hemos defendido la libertad de conciencia; pero por otro nos ha preocupado el libertinaje social por considerarlo una afrenta a las leyes de Dios. Lamentablemente, el «rearme» moral como herramienta para luchar contra el libertinaje siempre ha acabado en opresión, malentendidos y, finalmente, se ha convertido en un arma arrojadiza que se ha vuelto contra la Iglesia. Aún así, muchos cristianos siguen oponiéndose a la ola de libertad total con moralismo. ¿Es ésta la actitud que cabe esperar de un creyente bíblico? La respuesta, como no podría ser de otra manera, la tenemos que buscar en la Palabra de Dios. No debemos perder la perspectiva de que el moralismo ético que se desprende de la Ley otorgada por Dios al pueblo de Israel, que es inspiradora para la Iglesia, ha sido cumplido en Cristo Jesús. Por lo tanto, de la Ley debe quedar la referencia al carácter de Dios y la construcción de una moral moldeada en sus principios; pero tamizada por las enseñanzas del Nuevo Testamento. Aun así, no debemos caer tampoco en menospreciar o considerar sin valor la Ley. De ella se desprenden importantes principios éticos que son normativos para todo creyente. Tema aparte, y controvertido, es saber si estos principios éticos son obligatorios para toda la sociedad o sólo para los cristianos. Es un tema que ha suscitado mucho debate dentro de la Iglesia por siglos y que excede el contenido de este artículo.

Por tanto, ¿qué debemos hacer ante el cambiante mundo que nos rodea? ¿Nos subimos al carro de la libertad total o es mejor mantenerse en el prudente camino del rígido moralismo tradicional? El Evangelio muchas veces ha sido interpretado en un sentido o en otro. A veces, como revolución social liberadora y, en otras ocasiones, como moralidad conservadora e inamovible. Lo cierto es que ambas visiones carecen de un fundamento sólido: ni el Evangelio nos trae un mensaje liberador de la moral ni tampoco nos quiere imponer una visión moral concreta. El mensaje de la Biblia va mucho más allá de la moralidad pública o privada. El mensaje de la Palabra de Dios nos habla de un Dios santo al que el hombre ya no puede acercarse. Nuestra naturaleza es corrupta, ha sido pervertida y ahora no busca acercarse a Dios o amar a sus semejantes. Lo que mueve al ser humano es el egoísmo. Por tanto, si el hombre no busca a Dios, ni tampoco hacer el bien al resto de la humanidad, ha de ser Dios quien busque al hombre y traiga el bien a la humanidad caída. Ya sea interviniendo de una manera limitada en un pueblo como Israel, como cuando fue liberado de Egipto, o en favor de toda la humanidad como cuando el Señor Jesús nació para entregarse a la muerte en rescate de los hombres, es Dios quien toma la iniciativa. Ése es el mensaje de la Biblia. Ni pregonar el libertinaje nos llevará a la felicidad y a la paz mundial ni tampoco lo hará el moralismo ético. Ambos caminos están cegados por el hombre y para el hombre. Tan sólo la intervención divina y personal en cada ser humano puede traer la solución a los profundos problemas y complejas contradicciones en las que estamos todos sumidos. Porque como leemos en 1 Corintios 1:22-24: «Porque en verdad los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los judíos, y necedad para los gentiles; mas para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios».

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Cuarto domingo después de la Epifanía

 

 

Conforme más y más vamos profundizando en nuestra relación con Dios, de manera más clara nos damos cuenta de nuestra absoluta dependencia. 

Me gusta leer y escuchar las leyes del Antiguo Testamento (la Torá) porque me recuerdan lo difícil que es agradar al Señor y amoldarse totalmente a sus normas. Para seres caídos como nosotros, arrastrados por el pecado e imperfectos a causa del mismo desde que nacemos, la exigencia ética, moral y ritual que supone acercarse a un Ser santo, todopoderoso, perfecto y totalmente puro en santidad es tan elevada que nos imposibilita conseguirlo. Cuando leemos la Ley de Moisés descubrimos qué complicado es poder estar cerca de Dios y no morir en el intento. ¿Cómo podemos acercarnos a Él? ¿Qué méritos, obras o sacrificios podemos hacer para tener comunión con el Creador del mundo? La única manera es seguir su Ley, pero esto ya se demostró misión imposible aún para su pueblo escogido, Israel. Nosotros lo tenemos aún más difícil. Nadie que se proponga seguir la Ley de Dios en su totalidad podrá lograrlo. Ante este panorama sólo puede crecer la frustración y la desesperación. Quizás, tal vez, también crezca el desapego y la repulsa a Dios mismo.

No debemos desesperarnos, pues Dios proveyó una manera de poderse acercar a Él: Jesucristo, su Hijo amado, perfecto en pureza y santidad y completamente humano a la vez que divino. Él sí cumplió con las exigencias de la Ley. De esta forma, Él sí pudo acercar la humanidad al Creador. Ahora tenemos paz para con Dios y comunión con Él por medio de su Hijo Jesucristo. Así leemos en la carta a los Hebreos, en el versículo 15 del capítulo 9: «Por eso Cristo es mediador de un nuevo pacto, para que los llamados reciban la herencia eterna prometida, ahora que él ha muerto para liberarlos de los pecados cometidos bajo el primer pacto». Si el Señor Jesús nos acerca a Dios por medio de su sacrificio y amor, nadie ni nada podrá separarnos de Él. Sólo aquellos que son atraídos hacia Jesús y depositan su confianza en Él, como quien confía ciegamente en quien le ama, experimentarán la verdadera comunión con Dios y la paz auténtica del alma.

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Cuarto domingo de Adviento

 

Otro año toca a su fin y nos encaminamos hacia un 2017 incierto. Si algo nos ha mostrado este 2016 es que cada día parece más difícil diferenciar la cierto de lo falso, las apariencias de lo real. Perece ser como si lo único que importase fueran nuestros sentimientos de frustración e incerteza en un mundo que parece disolverse poco a poco en el caos. En medio de todo esto aparece, de nuevo, la Navidad como una fecha remarcada en el calendario. Quizás un momento de comer con la familia, de recordar tiempos pasados, de compartir experiencias con amigos y conocidos. ¿Realmente es esto todo lo que la Navidad puede traernos a nuestras vidas? ¿Nada más que unos días de tregua en nuestro batallar diario? Lo cierto es que la Navidad puede ser una realidad mucho más profunda. Lejos de los regalos y de la comida excesiva yace un Niño llorando en un pesebre. Aparentemente un niño indefenso y necesitado del calor y amor de sus padres; pero en realidad nos encontramos ante el Salvador del mundo: Jesucristo.

No es un niño más, no es únicamente un ser humano. Se trata de Dios mismo encarnado, nacido para salvación de todos nosotros. Pero, quizás te preguntes, ¿de qué debo salvarme? ¿Para qué necesito un Salvador? Aquí es donde la ceguera humana juega una mala pasada a nuestras conciencias. Nos podemos sentir libres y aparentemente felices en una vida de lucha contra la frustración, el mal, la enfermedad o la muerte; pero lo cierto es que nuestra libertad está cautiva. Ni podemos, ni realmente queremos apartarnos de nuestro camino torcido. Vivimos una vida de rebelión contra Dios. Ni lo buscamos, ni aceptamos el plan que Él tiene para nuestras vidas. Como leemos en la Palabra de Dios: «No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Romanos 3: 10-12). Desgraciadamente, aunque seamos capaces de hacer el bien en muchas ocasiones, escogemos el mal; porque nuestra naturaleza caída nos lleva a ello, no podemos evitarlo. A veces mentimos, fallamos a nuestros seres queridos, somos violentos, altivos, damos falso testimonio, maquinamos pensamientos inicuos, corremos para hacer el mal... Todo esto desagrada a Dios y destruye a nuestros semejantes. Por  si  fuera  poco,  en  la  vida,  a  esta corrupción  moral  generalizada  se  añade  la  enfermedad  física  y  en  último  lugar  la muerte.

¿Entonces no hay esperanza? ¿La vida es un cúmulo de desgracias? ¡Ni mucho menos! Existe esperanza en Cristo Jesús. Tan sólo en Él tenemos la certeza de ser salvos. No sólo tenemos la vida eterna en Él, sino que también mediante Él somos liberados de nuestros pecados, de nuestra maldad interior. En el tenemos la muestra de amor más grande que podamos hallar, como dice la Sagrada Escritura: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). El amor humano es imperfecto. Por mucho que hagamos buenas obras, ninguna de ellas será suficiente para desprendernos de nuestra vieja naturaleza. Como leemos también en la Biblia: «Si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Corintios 13:3-7). Esta clase de amor verdadero y perfecto sólo lo hayamos en Cristo Jesús.

Este año, cuando celebremos la Navidad, miremos en nuestro interior, examinémonos y busquemos en nuestro ser si realmente tenemos paz para con nosotros mismos. En Jesucristo es posible encontrarla, y no solo eso, también vida y vida en abundancia.

 

Acabamos estas líneas recordando el precioso y conocido himno navideño «Se oye un son en alta esfera» de Charles Wesley, que nos recuerda el verdadero propósito de la Navidad:

 Se oye un son en alta esfera:

"¡En los cielos gloria a Dios!

¡Al mortal paz en la tierra!"

Canta la celeste voz.

Con los cielos alabemos,

Al eterno Rey cantemos

A Jesús, que es nuestro bien,

Con el coro de Belén;

Canta la celeste voz:

"¡En los cielos gloria a Dios!"

 

El Señor de los señores,

El Ungido celestial,

A salvar los pecadores

Vino al mundo terrenal.

EsGloria al Verbo encarnado,

En humanidad velado;

Gloria al Santo de Israel,

Cuyo nombre es Emanuel;

Canta la celeste voz:

"¡En los cielos gloria a Dios!"

 

Príncipe de paz eterna,

Gloria a ti, Señor Jesús;

Entregando el alma tierna,

Tú nos traes vida y luz.

Has tu majestad dejado,

Y buscarnos te has dignado;

Para darnos el vivir,

A la muerte quieres ir.

Canta la celeste voz:

"¡En los cielos gloria a Dios!"

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