Los cinco puntos del calvinismo (III): Elección incondicional

«Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» (Romanos 8:30)

La elección

La Biblia enseña que no podemos alcanzar la salvación por ningún mérito nuestro, ni tras ninguna decisión nuestra de ser salvos, sino que sólo lo somos porque Dios así lo quiere: «Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra» (Romanos 11:5-6).

Las decisiones de Dios son firmes, por lo que no juega con nosotros salvándonos y condenándonos continuamente, como si de un divertimento se tratara. Así, Juan relata que Cristo dijo que «mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:27-30).

La elección en el Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento alberga un ejemplo evidente de la elección incondicional de Dios: la elección de Israel como su Pueblo: «No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó» (Deuteronomio 7:7-8). Y más adelante reitera que las gracias que Dios provee a Israel no son en deuda por ninguna acción o mérito que hayan podido realizar, sino por su pura gracia: « […] no es por tu justicia que Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomarla; porque pueblo duro de cerviz eres tú» (Deuteronomio 9:6).

A nivel individual también Dios realiza elecciones. Así, en el primer libro de la Torá, Dios elige a Jacob sobre Esaú. Ambos tenían las mismas características: engendrados del mismo padre y madre e incluso enclaustrado en el mismo seno materno. Sin embargo, ni la primogenitura de Esaú hizo que Dios lo eligiera a él sobre Jacob. Pablo afirma al respecto que: « (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.».

La elección en el Nuevo Testamento

Antes de la fundación del mundo Dios realizó una elección de los que iba a salvar. Evidentemente esto implica que otros se van a condenar. El apóstol Pablo lo explica de la siguiente manera:

«Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado» (Efesios 1:4-6).

Al afirmar que nos escogió antes de la fundación del mundo excluye que ninguno de nuestros méritos presentes pudieran tener influencia en una decisión que realizó mucho antes. Más adelante acentúa el hecho de que no es debido a nuestras obras, al afirmar que lo realiza según el «puro afecto de su voluntad». Y de nuevo: «No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido» (Juan 13:18a). Aquí, Cristo está hablando de los apóstoles que Él eligió. Y los eligió sin que ellos tuvieran ningún mérito para ser seleccionados por Dios para ser los primeros enviados. ¿O acaso los apóstoles hicieron algo para merecerlo? La actitud de ellos, no sólo vacilante, sino en algunos momentos de verdadera traición, evidencia que fueron escogidos por su sola gracia.

Algunos podrán decir que Dios, mediante su conocimiento del futuro, eligió antes de la fundación del mundo a aquellos que Él sabía que iban a merecer la salvación. Pero de nuevo el Apóstol afirma lo contrario: «quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos» (2 Timoteo 1:9).

Conclusiones

Esta es una de las doctrinas más difíciles de entender para el ser humano, por el mero hecho de que implica que mucha gente no podrá recibir la salvación jamás. Al respecto hay mucha literatura bíblica –al margen de los clásicos puritanos y del paradigmático libro De la predestinación de los santos de san Agustín- que podrá ayudar a los lectores que estén interesados en profundizar en este tema. Al estudiarla siempre tenemos que recordar que nosotros, aunque no entendamos el sentido de una doctrina, no podemos juzgar a Dios, nuestro Creador. Él sabe cuál es su voluntad, nosotros sólo hemos de descubrirla, no juzgarla.

 

«Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.

¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.

Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?

Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, Y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío, Allí serán llamados hijos del Dios viviente.

También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo; porque el Señor ejecutará su sentencia sobre la tierra en justicia y con prontitud. Y como antes dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes» (Romanos 9:10-29).