Los cinco puntos del calvinismo (II): Depravación total

«Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.» (Romanos 7:19)

«Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.» (Romanos 3:10-12)

En el mundo actual, hablar del pecado es hablar de algo totalmente pasado de moda. Es más, si alguien se atreve a pronunciar esta palabra en público, lo tomarán por un fanático anticuado, del cual hay que huir como si de de un leproso se tratara.

Pero yo diría que esta palabra no sólo no está pasada de moda, sino que está más vigente que nunca. Aunque el pecado siempre ha existido, como a continuación veremos, es posible que nuca su existencia haya sido tan ignorada como en la actualidad. Muy poca gente tiene conciencia de pecado, ellos creen que son «buenos» y que no pecan. Nada más lejos de la realidad.

¿Qué es el pecado?

El Pecado Original nos revela la característica principal según la cual se puede definir al pecado. En efecto, el primer pecado consistió en la violación de la ley, definida ésta como las obligaciones que Dios nos ha prescrito. En consecuencia, el pecado es la rebelión contra la ley de Dios y la transgresión o desobediencia de la misma. Si el pecado es la transgresión de la ley divina, entonces puede describirse, de forma positiva, como desear o ser ley para uno mismo.

Totalmente impedidos

¿Hasta qué punto nos afecta a nuestra naturaleza el pecado? ¿Es una leve tendencia al mal, la cual podemos subsanar de forma fácil; o es una tendencia que nos arrastra y de la cual no podemos salir sin Cristo?

Lo que la Escritura nos enseña es que el hombre, después de la Caída, está opuesto a todo bien y es incapaz, por sus propias fuerzas de encontrar a Dios.

De esta manera, Cristo murió «por los impíos» (Romanos 5:6) y por los que estábamos «muertos en [n]uestros delitos y pecados» (Efesios 2:1). «Los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden» (Romanos 8:7). Además, el hombre no puede por sus propias fuerzas conocer a Dios porque somos malos (cf. Mateo 7:11), «porque para [el hombre] son locura, y no las puede entender» (1 Corintios 2:14). Y el Señor dice que «ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Juan 6:44).

Los cristianos, ¿sin pecado?

Una vez que sabemos qué es el pecado y qué enseña la Escritura sobre la afectación de éste a la naturaleza del hombre, nos queda otra pregunta por responder. ¿Los cristianos no pecan?

Cuando Dios convierte a un impío, lo libra de su servidumbre natural al pecado, y por su gracia lo capacita para querer y obrar libremente lo que es espiritualmente bueno. Sin embargo, debido a la corrupción que todavía acumula debida a su naturaleza pecaminosa, no quiere únicamente lo que es bueno, sino que también quiere lo que es malo, porque «el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis» (Gálatas 5:17). Debido a esto, aunque el cristiano recorre durante toda su vida un proceso de santificación que progresivamente lo va a asemejando más a Cristo, nunca puede llegar en este mundo a la perfección que Dios nos promete.

El Apóstol Pablo, a este respecto, explica la naturaleza pecaminosa del hombre, ejemplificada en sí mismo:

«De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.» (Romanos 7:17-23)

Conclusiones

El conocimiento de nuestra naturaleza caída no nos tiene que hacer desesperar, sino más bien agradecer a Dios que en su inmensa Bondad se haya dignado a darnos la oportunidad de salir del pozo de nuestras iniquidades para sentarnos muy cerca de Él.