Prediquemos el arrepentimiento, la Gracia y el perdón, no el odio

"Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar" (Marcos 9:42)

 

Es un hecho cierto que cada vez un mayor porcentaje de la población europea, y concretamente española, se aleja de la creencia en un Dios y aquellos que se consideran a sí mismos como católicos-romanos son cada vez menos. Fuera del ámbito del catolicismo-romano también conocemos casos de personas cristianas que abandonaron la fe por causas varias.

Mientras regresaba a mi casa me he dejado llevar por estos pensamientos, que he compartido con el Señor. Me cuesta entender por qué la gente abandona a Jesucristo, o simplemente lo rechaza. La verdad es que las sociedades cristianas no hemos sabido cuidar el rebaño que el Señor nos ha entregado. No sólo los hemos esquilmado; además le hemos puesto cargas que no podían soportar, les hemos rechazado, esclavizado, vejado, menospreciado y asesinado. Es muy triste pensar en tantas y tantas personas preciosas a los ojos de su Salvador repudiadas y maltratadas por aquéllos que se llaman cristianos. En el pasado hemos generado odio, y hoy en día también, y no somos capaces de llevar el mensaje de misericordia y perdón de Cristo Jesús.

Tampoco hemos sabido mostrar a la gente qué es el pecado real y sus consecuencias. Nos hemos limitado, como los fariseos de antaño, a predicar una moralina asfixiante. Aquellos que ejercemos el ministerio pastoral hemos abusado de nuestros fieles y ejercido el poder con tiranía.

Evidentemente no todos estos comportamientos reprochables, más propios de Satanás que de los Hijos de la Luz, han sido ejecutados por los auténticos cristianos. Muchos han sido, y son, obra de falsos cristianos y de cristianos cegados por el pecado y representan, gracias a Dios, un porcentaje pequeño. No obstante aquí están los hechos y no hacen más que señalarnos con el dedo.

Ante este panorama muchos consideran a la Iglesia como su enemiga y a Dios como su verdugo. ¡Qué triste es odiar a Cristo a causa de otras personas! Nosotros hemos sido llamados para cuidar y apacentar el rebaño de Jesucristo, por quien dio su sangre y su cuerpo, su vida entera en rescate.
Jesucristo nos llama para que entreguemos nuestras vidas a Él. No las quiere para destruirlas, no las quiere para anularlas. Quiere tu vida para llenarla, amarla, purificarla y darle felicidad eterna. Todos estamos cargados y cansados a causa de la culpa, el mal, los errores y el pecado que cargamos. Jesucristo ha prometido cargar con nuestra culpa y lavarla con su preciosa sangre. Ser cristiano no siempre es un camino de rosas; pero sí que es un camino hacia la felicidad eterna y el amor absoluto. Una vida sin Dios es una vida que camina hacia la autodestrucción y el infierno, a causa de sus propios males y pecados; pero una vida con Cristo es el única senda segura y fiable hacia la vida eterna, hacia la que no hay atajos.

Como cristianos tenemos el santo y precioso compromiso de llevar a todos los llamados por Dios hacia la salvación en Jesucristo. Hagámoslo con temor y temblor sabiendo que estamos tratando con la vida eterna de una persona. Se trata de algo que requiere mucha responsabilidad. Pensemos tres veces antes de condenar a alguien por quien Cristo murió, sin que nosotros lo sepamos aún.