"Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida." (Romanos 5:10)

 

Hemos llegado a aquella época del año en la que conmemoramos la Pascua cristiana. Para aquellos que vivan en un país de mayoría católica-romana veremos que esto supone una serie de actos públicos que intentan recrear el dolor y la pena por la muerte de Jesús. Especialmente si fijamos nuestra vista en España veremos en casi cualquier pueblo o ciudad una procesión de imágenes, encapuchadas, plañideras, orquestas e incluso cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado acompañándolas y participando en los mismos.

No hace demasiados días escuchando un informativo en la televisión pude oír algunas de las impresiones que estos sufridos cofrades transmitían. Para la mayoría les era imposible describir los sentimientos que les embargaban pero casi todos, y utilizando una expresión muy de estar por casa, acababan diciendo que era “muy grande”. En resumen para ellos era una celebración cultural, de recreo del dolor por la muerte, y de exaltación del sufrimiento. El Jesús que nos enseñaban en aquella cadena televisiva poco tenía que ver con el real.

La muerte de Jesús seguía siendo un misterio incluso para aquellos que desfilaban con un crucifijo o una talla de madera a cuestas. La muerte era algo injusto, doloroso y que llenaba el aire de tristeza.

Los cristianos no nos sentimos henchidos de felicidad cuando llega la Semana Santa. Evidentemente tenemos en nuestra mente los recuerdos de dolor y sufrimiento de nuestro Mesías y Señor. Pero nuestro querido Jesucristo no fue a la muerte en la cruz para que nosotros llorásemos su muerte eternamente. Si un acontecimiento debe llamar nuestra atención es la resurrección de Cristo. Si Jesús simplemente hubiese muerto no sería más que una muerte más de tantas y tantas muertes injustas de piadosos judíos. Pero la realidad es muy diferente. Jesús murió para resucitar, en definitiva entregó su vida para dar vida. Esta hermosa paradoja es la que nos tiene que obligarnos a acercarnos a la cruz y la muerte de Cristo con dolor y alegría. Dolor porque nuestro amoroso Dios tuvo que gustar el sufrimiento y la muerte, y alegría porque haciéndolo así demostró cuanto nos amaba sacrificándose Él para que nosotros no tuviésemos que sufrir el castigo por nuestros pecados.

Todos nosotros estábamos condenados a morir y sufrir el castigo eterno, a consecuencia de nuestra vida de pecado que niega la voluntad de Dios. Jesucristo amándonos hasta la muerte se entregó para morir y sustituirnos en el castigo a aquellos que lo odiábamos.

Esta Semana Santa cuando quieras saber más de Jesús no vayas a una procesión, toma una Biblia y lee la historia de la muerte y resurrección del Mesías. Allí verás a un Dios de amor entregarse por ti. Lloremos por el dolor que sintió y riamos de alegría porque ahora podremos ser libres de la muerte y estar eternamente en sus brazos.