"Y cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos" (Apocalipsis 15:3)

 

Muchas personas piensan que tienen que hacer grandes cosas para salvarse. Algunos consideran que han de ser buenas personas, otras obedecer a Dios. La realidad es que Jesucristo es quien salva y nosotros somos los salvados. Nada podemos hacer por nosotros mismos para salvarnos de la muerte. Este es un gran misterio que mucha gente no sabe comprender.

Imaginémonos que alguien les regala un coche, el mejor coche que exista en el mercado. Imaginemos que además, para pagarle ese coche, este ser altruista se ha tenido que gastar hasta el último céntimo. Nos costará mucho entender como alguien ha podido hacer tal sacrificio por nosotros. Aún más difícil de entender es como Dios Padre ha podido entregar la vida de su Hijo para darnos vida a nosotros, sobre todo considerando que su Hijo era obediente y bueno y nosotros somos pecadores. Cuando Dios llama a un pecador para arrepentirse éste siente dolor en su corazón y ganas de quitarse una pesada carga de culpa. Jesucristo es quien va a hacer esto en nuestras vidas. Tras la justificación el cristiano se siente liberado de la carga de pecado. Cuando un pecador tiene a Jesucristo como Señor en su vida el pasado de tristeza y muerte se desvanece.

Justo después de ser salvados vamos a experimentar una alegría y un gozo enormes. Pero la vida no se acaba aquí. Ese primer gozo y alegría pasarán y aún estaremos viviendo en este Mundo corrompido. El Señor Jesús no vendrá mañana a buscarnos para llevarnos a la maravillosa Jerusalén celestial.
Tras la salvación va a llegar el momento de crecer en santidad. Vamos a tener que caminar la dura prueba de la vida terrenal. Tranquilos, no vamos a estar solos, el Espíritu Santo mora en nosotros y nos va a preservar. Nadie se debe llegar a engaño y pensar que será fácil, el camino de santificación es duro, la lucha con el pecado es constante, pero de nuevo vamos a estar en manos de Dios. Confiaremos en Él en todo momento y por eso sabemos que vamos a alcanzar la gloria.

Al final de nuestras vidas veremos cara a cara a nuestro Jesús y podremos llorar de alegría a sus pies.