Pero les ha acontecido lo que con verdad dice el proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno” 2 Pedro 2:22

 

No desesperes

Quizás la lucha más frustrante y difícil es la que los cristianos libramos contra nuestro viejo hombre: nuestra manera “natural” de ser, aquella que se reflejaba en nuestro carácter antes de ser llamados por Dios mediante la fe en Cristo Jesús y regenerados en su Sangre. Este carácter anterior a la justificación de los pecadores es lo que el apóstol Pablo llama el “viejo hombre”. Tras la conversión a Cristo muchos cristianos experimentan el gozo y la bendición del Espíritu Santo que se traduce en un vida santa, en una querencia por las cosas celestiales y un gran amor y deseo por obedecer a Dios y su Palabra.

Desgraciadamente este “primer amor” suele ir enfriándose, para nuestra desgracia, a medida que el creyente ha de luchar con las tensiones que le genera el ir reprimiendo sus viejas formas de hacer que tienden al pecado y al mal. Es así como la mayor parte de los fieles se ven inmersos en un círculo vicioso donde el pecado ensombrece su vida de santidad y mancha sus vestiduras espirituales. Por ello han de volver al Trono de la Gracia para recibir de nuevo el perdón de Dios. No deja de ser una situación desesperante cuando se repite una y otra vez y se tiene la sensación que no se realizan progresos importantes. Nos ocurre entonces que, como dice el Proverbio de la Biblia que cita el Apóstol Pedro en su segunda epístola universal, volvemos a ensuciarnos y aflora nuestra naturaleza pecaminosa.

La realidad es que Cristo nunca nos promete una vida fácil. Seguirle a Él comporta un largo camino de sacrificios, sufrimiento y lucha contra el pecado. El Señor nos limpia y santifica; pero Satanás siempre está cerca para engañarnos y enredarnos con el pecado. Tan sólo hay algo tan poderoso como para romper este círculo vicioso y ayudarnos a superar las “recaídas” en nuestra vida espiritual: El amor de Dios. El amor de Dios se traduce en el sacrificio de Cristo en la Cruz, en la Salvación mediante su sangre y en la Gracia de Dios que nos ayuda a salir adelante y salvarnos aún sin merecerlo.

Cuando nos sintamos sucios, por manchar nuestro cuerpo o mente en nuestros viejos pecados o veamos que hemos vuelto a las inmundicias que dejamos atrás, debemos acudir a dos canales esenciales para retomar el contacto con Dios: la oración y la lectura de la Biblia. Mediante la oración elevamos a Dios nuestros temores, frustraciones y problemas. Con la lectura de la Palabra de Dios obtenemos respuestas, consejos y ayuda para seguir adelante.

El problema no es caer y volver al fango de nuestros pecados, el auténtico desastre es volver allí para quedarse. Siempre que caigamos pero acudamos al trono de la Gracia a pedir perdón y pidamos al Espíritu Santo que nos aumente la fe y nos haga ser fuertes para no pecar saldremos del aprieto. Si por el contrario decidimos abandonarnos a nuestro “viejo hombre” y nos apartamos de Dios quizás no nos daremos cuenta que, desgraciadamente, jamás estuvimos entre los creyentes ni fuimos salvados por Cristo.

Acabemos con un mensaje de esperanza, recordemos la historia de tantos y tantos personajes de la Biblia que durante su vida lucharon contra la tentación y el pecado. Personas que a veces vivieron vidas santas, pero que muchas veces cayeron. En algunos momentos pareció que perdían el rumbo; pero al final, antes de que cayese la noche oscura veían su pecado y clamaban al Señor en arrepentimiento por su salvación. Cuando nos veamos arrastrados a volver al barro del que fuimos limpiados por la Sangre de Jesús acordémonos que siempre, sin condiciones, estará Cristo esperándonos para limpiarnos de nuevo con su sangre; para dejar nuestras ropas limpias como la nieve, si con lágrimas clamamos su perdón y nos dejamos envolver por su amor.