Obedecer a Dios antes que a los hombres

Dios no cambia, siempre es el mismo. De la misma manera, su doctrina, aquello que nos manda que creamos, tampoco varía. Pero no para todos. Hay una iglesia que tiene un líder que puede variar la doctrina como le plazca. Y dicen que lo puede hacer porque es el representante de Dios en la Tierra. Es la iglesia romana.

Es muy probable que muchos de los hermanos evangélicos que estén leyendo estás líneas hayan hablado sobre su fe a algún católico romano en alguna ocasión. «Nuestra doctrina siempre es la misma», afirmará el seguidor de la iglesia romana, extrañado de que consideremos que un hombre no nos puede decir qué hemos de creer.

El discurso clásico del catolicismo romano ya no tiene más recorrido. Este discurso afirma que la fe de la iglesia del papa no varía nunca, mientras que el protestantismo consistiría -según ellos- en millones de iglesias sin nada en común que se van escindiendo unas de otras a medida que pasa el tiempo y cambian las opiniones de sus miembros.

La doctrina de la iglesia romana ha variado a lo largo del tiempo, y no en cuestiones menores, pero este discurso tenía cierto cariz de verosimilitud debido a la continuidad doctrinal que se había establecido en la iglesia papista durante los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Poco había cambiado durante estos papados, en cierta manera para compensar el terremoto que se produjo durante y tras el Concilio Vaticano II.

Pero he aquí que llegó el nuevo obispo de Roma, Francisco. Un obispo que, según relatan los medios de comunicación, es un católico-romano liberal. Y parece que quiere cambiar algunas cosas que parecían indiscutibles e inamovibles, hasta hace sólo algunos meses.

He aquí que muchos seguidores del papa, que antes creían que su fe era cierta y segura, ahora ven como el nuevo obispo romano parece tener intención de hacer cambios en algunos temas, como los relativos a la familia, que parecían pilares del bastión romanista. Era algo innegociable, que nunca iba a cambiar. Porque la fe romana nunca cambiaba.

Y es que nuestra fe ha de estar puesta en Jesucristo, nuestro Señor. Él es Rey de Reyes y Señor de Señores. Nuestra fe no ha de variar en función de líderes que se hacen representantes de Dios en la Tierra, usurpando sus funciones al verdadero vicario de Cristo en nuestro planeta, el Espíritu Santo. Es Dios quien marca lo que hemos de creer, no los hombres. Y es que como dijo el apóstol Pedro y los demás apóstoles, «¡es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!» (Hechos 5:29).