El matrimonio con minúsculas

Desde hace muchas décadas hemos asistido a una degradación constante del matrimonio. No me refiero a la institución jurídica del matrimonio en sí, si no más bien al concepto íntimo que de éste se tiene entre los contrayentes.

Aquellos que desaprueban el matrimonio entre personas del mismo sexo, cosa que Peregrino Reformado no hace, o que consideramos que el divorcio se ha convertido en un coladero enorme para el egoísmo humano, pasamos muchas veces por alto el gran ataque que sufre el matrimonio hoy en día. Éste no es otro que el relativismo en el que se ha hundido a consecuencia de la generalización de un concepto erróneo del mismo. Es por ello que vamos a dejar claro qué NO es matrimonio desde el punto de vista del cristiano bíblico:

El matrimonio no es un contrato temporal entre dos personas. El matrimonio es una institución humana bendecida por Dios que busca la unión estable y de por vida de dos personas (véase Mateo 19:5-6).

El matrimonio no es un acuerdo que se hace entre amigos. El matrimonio es mucho más que amistad. Basándonos en la misma cita de Mateo nos damos cuenta de que el matrimonio no se trata de un acuerdo de ayuda mutuo. Es la unión de dos personas que deciden dejar de ser totalmente independientes para ceder parte de su soberanía al otro y formar un único ser.

El matrimonio no es algo que afecta únicamente a algunos aspectos de nuestra vida. Para muchos hoy en día el matrimonio no deja de ser un acuerdo que sólo obliga a algunos aspectos; pero a otros no. Por ejemplo, muchos «matrimonios» hacen vida separada, tienen cuentas bancarias independientes o administran su tiempo y vida a espaldas el uno del otro.

En definitiva el matrimonio es mucho más que una unión civil. El matrimonio tiene tres aspectos, que extraemos de la Biblia, y que hay que considerar:

En primer lugar, se fundamenta en la unión física de los cónyuges. Dejan de ser libres físicamente y pertenecen en su esfera más íntima, incluida la sexual, al otro. Se deben, por tanto, fidelidad, ayuda mutua en la enfermedad, socorro en las dificultades y trato exquisito.

Tiene un aspecto espiritual. El matrimonio es también la unión de dos almas que en harmonía y al unísono buscan soluciones comunes, marcan metas, vencen dificultades y buscan su unión intelectual en todo tiempo.

Y por último, pero más importante para los cristianos, el matrimonio tiene una dimensión teológica que une a los esposos con el Creador. El matrimonio es símbolo de la unión mística del creyente con Dios. Se trata de una unión donde el Espíritu Santo está presente y trae frutos de piedad y santidad al mundo. El matrimonio es también altar de Dios donde se elevan oraciones y se buscan metas de adoración y servicio a Cristo.

¿Es tú matrimonio así o se parece más a aquel que no agrada a Dios? Busquemos la redención, también para nuestro matrimonio, en las manos del Cordero inmolado, de Cristo el Señor. Él es Señor de nuestras vidas, Salvador eterno del hombre y purificador del matrimonio. Junto a Él el éxito en el matrimonio está asegurado y la meta, la adoración, el servicio y, si Él quiere, la extensión de la familia, llegará como futo de su Gracia. Dejemos a nuestro matrimonio también en las manos del Señor y veremos cómo se transforma maravillosamente.