El matrimonio cristiano

«Yo soy de mi amado, y mi amado es mío.» (Cantar de los Cantares 6:3)

 

No hace muchos días hablaba con unos amigos acerca del matrimonio y sus implicaciones. Como cristianos siempre buscamos la centralidad del mensaje bíblico en todos los aspectos de nuestras vidas y uno, muy importante, es la vida matrimonial.

El matrimonio puede abordarse desde muchas perspectivas: desde el punto de vista del pacto, como si se tratase de un contrato civil, como si fuera una unión de carácteres... No obstante, desde un punto de vista bíblico, es necesario abordarlo doblemente, a saber: como unión mística y como pacto entre personas. De todas formas, estos dos aspectos no son contrapuestos, son dos aspectos complementarios que se unen armoniosamente.

En primer lugar, la Biblia contempla el matrimonio, ya desde tiempo de los patriarcas, como un acto libre, donde el deseo personal y la atracción amorosa juegan un papel determinante. Podemos verlo en el ejemplo del Rey David, donde el factor físico juega un papel muy importante (como sería el caso de Betsabé relatado en 2 Samuel 11) , y en otros el intelectual (como en el caso de la Abigaíl que leemos en 1 Samuel 25). No obstante, en los casos más claros de la historia bíblica la voluntad de contraer matrimonio existe en ambos cónyuges y se produce de forma libre (como en el caso de María y José, por ejemplo). Este principio de voluntariedad de las partes lleva a que, por razones lógicas, un esposo busque, en el otro, cualidades que le parecen agradables y necesarias. Los cristianos de hoy en día también debemos buscar este principio de atracción y libre designio de nuestros esposos. De esta forma el matrimonio se establece como un pacto entre dos personas que buscan un interés común.

El segundo aspecto es el místico. Como indicó el Señor Jesús, citando el Génesis «ambos serán una sola carne». Esto quiere decir que, además de producirse esa voluntariedad de las partes que buscan a alguien que les agrade, en cuanto se produce el matrimonio ambos se unen de forma espiritual. Esta unión es tal que se crea una vinculación muy fuerte. De esta forma cada esposo deja de pertenecerse a sí mismo para pertenecer al otro, tal como nos lo indica el apóstol Pablo (1ª Corintios 7:4). Es importante notar que este acto de entrega y unión absoluta requiere confianza, amor y total comprensión.

Evidentemente el matrimonio no es una institución aislada del mundo que nos rodea. Está formada por la unión de dos personas, independientemente de su sexo; pero no está desligada de la personalidad única de cada contrayente. En la unión no se anulan las personalidades, se complementan. Junto a esta unión tenemos a dos factores que la modifican. Por un lado tenemos a Dios y la persona de Jesucristo que modelan, adaptan y mejoran la unión matrimonial arrancando el pecado, el daño y los roces que se puedan producir entre los esposos. La función de Dios es de centralidad y de amalgama de esta unión hasta lograr que sea perfecta. El Señor obrando por amor, a través del Espíritu Santo, santifica a los esposos y sublima su unión. Por otro lado, como facto negativo, Satanás y el pecado propio que arrastran los esposos intentan desunir, destruir y desligar. Cada pecado, cada daño que se infringen uno al otro supone un resquebrajamiento de la unión espiritual. Los esposos por sí mismos no serán capaces nunca de contrarrestar esta ruptura que efectúa el demonio. Únicamente Dios puede volver a unir las grietas que Satanás y la negligencia de los esposos han abierto.

Queridos lectores, si sois cristianos y estáis casados tenéis que saber que contáis con la ayuda de Dios para unir vuestro matrimonio. Por muy grandes que sean las grietas que puedan desestabilizar vuestra unión no son suficientes para romper ese hermoso edificio. El señor mismo es el cemento que os une. Si se llega a producir la ruptura será con gran dolor y produciéndose un desgarro espiritual enorme entre ambos. Es por ello que tenéis que confiar en Dios y suplicar su ayuda para mantener vuestro matrimonio sano y unido. Recordad que la máxima bíblica de que cada uno pertenece al otro es recurrente (aparece en los Escritos de Pablo, en los Evangelios, en Génesis y en Cantar de los Cantares) y que es la clave para construir ese proyecto unidos. Hay que darse cuenta de qué implica, es necesario reflexionar y ver que por este principio se entiende que nada de lo que hagas debes hacerlo primero buscando tu bienestar y egoísmo, sino que primero ha de buscar el bienestar y la felicidad de tu esposo/a. Esto, además, ha de ser recíproco; sin la reciprocidad no existe matrimonio ni unión espiritual.

En el caso de aquellos que leen este texto y no conocen a Dios he de deciros que estáis perdiendo una oportunidad extraordinaria de alcanzar la felicidad eterna. No sólo lograreis la vida eterna, que sólo se encuentra en la salvación por la sangre de Jesús, sino que también estáis perdiendo la oportunidad de experimentar el verdadero matrimonio con vuestras pareja.

Lector, si hoy escuchas la llamada de Cristo recibirás la salvación y la unión más maravillosa que existe, más sublime que ningún matrimonio, que es la del creyente con su salvador Jesucristo, que nos ama tanto que murió por causa de nuestros pecados, para que no tengamos que sufrir nosotros una muerte eterna horrible. Este es, en definitiva, el secreto también del matrimonio, el sacrificio extremo por amor, que nos lleva a entregarnos totalmente a quien amamos.