Empezamos una serie de artículos que van a analizar diversas facetas y aspectos importantes del matrimonio desde una perspectiva cristiana bíblica. Estos artículos se basan en tres fuentes fundamentales que, en orden de importancia, son: la Palabra de Dios, la experiencia propia como esposo y la consulta de literatura específica científica.

Los temas que trataremos serán los siguientes:

  • Cuál es su fundamento
  • El crecimiento
  • Las metas
  • ¿Y si no estoy casado?

El último punto lo dedicaremos a un colectivo que muchas veces es pasado por alto por la Iglesia y los pastores de las comunidades locales: aquellos cristianos que nunca se han casado o no tienen pensado hacerlo, y veremos cómo la Biblia también recoge bendiciones para ellos.

El fundamento del matrimonio

El matrimonio es un estado para el cual somos llamados la mayoría de personas (1 Corintios 7) y que aproxima al individuo a la armonía espiritual y física primigenia de los tiempos edénicos (Génesis 2:24). La Biblia, por tanto, nos describe al matrimonio como la unión de dos personas que dejan de ser individuos aislados y forman una sola carne. De esta forma la unidad de ambas personas es el objetivo número uno que tenemos que tener presente a la hora de constituir todo matrimonio. Ahora bien, la diferencia primordial entre el matrimonio cristiano y el secular es el fundamento sobre el cual se construye cada uno de ellos.

El matrimonio de los gentiles (incrédulos o no cristianos) tiene como principal fundamento la cooperación y la colaboración mutua sin que exista, por ambas partes, mayor compromiso que el de socorrerse, ayudarse y profesarse amor. El matrimonio cristiano, por su parte, tiene como fundamente el agradar a Dios y darle gloria basándose en la persona y la obra de Jesucristo. A los objetivos de cooperación y auxilio mutuo se superpone, por tanto, el fundamento de la persona de Cristo mismo que santifica y perfecciona el matrimonio.

Sabemos y conocemos gracias a la Palabra de Dios que el hombre es pecador y no puede alcanzar la perfección. Aún así en la Escritura Dios promete su Espíritu Santo para que podamos crecer en santidad y perfección cristiana.

De la misma forma, el Espíritu Santo va a ser el elemento unificador del matrimonio cristiano que se va a encargar de purificarlo y limpiarlo para poder alcanzar cotas superiores de perfección ética y de comportamiento cristiano. De este modo el auxilio del Espíritu Santo y el fundamento de la obra expiatoria y salvadora de Jesucristo se unen para afianzar el matrimonio, ayudar a superar sus crisis y borrar el pecado que pueda haber en el seno del mismo.

Si los incrédulos sólo tienen a su propia voluntad y la ayuda de otras personas para superar las dificultades en el matrimonio y mantener la unidad del mismo, los creyentes tienen el amor de Dios como cemento unificador. En definitiva, una gran diferencia que va a permitir enfrentarse al día a día de la convivencia matrimonial con la seguridad de que es Dios mismo quien cuida de los esposos, mantiene la relación sana y cubre las faltas que puedan cometerse, todo ello sustentado en el ejemplo de amor y misericordia de Dios en Cristo Jesús que entregó su vida por nosotros. Con este ejemplo los esposos aprenden que la entrega del uno hacia el otro debe incluso suponer el menoscabo de los intereses individuales frente al bienestar del esposo amado.