El ejercicio físico y el cristianismo

«¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Corintios 6:19-20).

 

El ejercicio físico se ha convertido en una de las banderas de la sociedad actual. Los médicos, amigos y conocidos, familiares y hasta los gobiernos lo recomiendan. ¿Qué debemos opinar acerca del ejercico físico? ¿Puede aportar algo bueno a la vida espiritual del cristiano o puede, en cambio, arrastrarnos al peligroso mundo del hedonismo y la egolatría? En este artículo intentaremos dar una respuesta sobre este amplio e inagotable tema.

El ejercicio físico es un hábito saludable necesario en nuestra sociedad. Actualmente, la mayor parte de la sociedad pasa muchas horas sentada, especialmente en el trabajo, lo que causa una disminución del gasto calórico diario. Para compensar este menor gasto se ha popularizado el ejercicio físico en diversos tipos: fitness, culturismo, correr o andar, entre otros muchos.

Todas las formas de practicar ejercicio físico tienen objetivos comunes, aunque también tienen objetivos que las diferencian entre sí. Así, por ejemplo, correr y andar puede estar enfocado a mejorar la salud cardíaca o a reducir la cantidad de grasa agregada de nuestro cuerpo, mientras que el fitness y el culturismo tienen como objetivo mejorar la imagen física de las personas que lo practican mediante el entrenamiento con máquinas y pesas.

Y es en este caso en el que pueden darse peligros relacionados con nuestra relación con Dios. Porque si bien, como se recuerda en la cabecera de este artículo, nuestro cuerpo es Templo del Espíritu Santo y es nuestro deber cuidarlo y honrarlo, no por eso debemos acabar adorándolo como a un ídolo, incumpliendo entonces de forma flagrante el Primer Mandamiento, que nos ordena no tener otros dioses fuera de YHWH.

En ningún caso el deporte físico es incompatible con la fe en Cristo, tampoco las prácticas que tienen como fin más que la mejora de la salud -que también- la mejora del aspecto físico. Pero lo que sí es incompatible con la fe es el mal uso de estas prácticas para incumplir nuestro deber para con Dios de sólo adorarle a Él y no a ídolos fabricados por nuestras manos o por nuestra mente. Como en todo en la vida, hay que tener cuidado de no caer en el pecado y estar alerta (véase 1 Tesalonicenses 5:6) antes las tentaciones. Si hacemos esto Dios nos bendecirá alcanzando los objetivos planeados, también en nuestro cuerpo.