La venganza

"No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo." (Levítico 19:18)

No hay nadie sobre la Tierra que no haya sido ofendido alguna vez. Engañados por amigos, humillados por jefes, insultados por compañeros, traicionados por familiares, incomprendidos por personas en las que confiábamos. Durante toda nuestra vida todas estas situaciones nos recuerdan el gran peso que tiene el pecado en el mundo, algo que sólo los ciegos, los ciegos de corazón, no pueden ver.

Como dice el evangelista Mateo:

Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado,
Y con los oídos oyen pesadamente,
Y han cerrado sus ojos;
Para que no vean con los ojos,
Y oigan con los oídos,
Y con el corazón entiendan,
Y se conviertan,
Y yo los sane.
" (Mateo 13:15)

El pecado domina el mundo e intenta dominarnos a nosotros. Sólo Jesucristo, en su infinita misericordia, impide, mediante la gracia, que caigamos en lo más hondo.

El pecado de otras personas constra nosotros produce la necesidad de la venganza. Esto es lo que, de forma natural, deseamos todos los seres humanos cuando se nos ha ofendido gravemente. Y cuando el pecado es sobre lo que gira el hombre, esta necesidad de venganza es insistente y constante, porque las ofensas también lo son. Pero la venganza existe y debe existir, pero no debe ser ejecutada por nosotros, sino por Dios; porque, como Él dice: "Mía es la venganza y la retribución [...] porque el día de su aflicción está cercano, y lo que les está preparado se apresura." (Deuteronomio 32:35). También Pablo, refiriéndose al versículo de Deuteronomio, dice "no os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios". (Romanos 12:19)

¿Quiere esto decir que cuando alguien nos ofende gravemente no debemos hacer nada, sino únicamente hacer como si no hubiera pasado nada? De ninguna manera. De la misma manera que si alguien no nos recibe ni oye nuestras palabras sobre Jesús, Cristo nos exige que sacudamos el polvo de nuestros pies; si alguien comete una ofensa muy grande con nosotros tenemos, en primer lugar, la obligación de decirle que nos ha ofendido. En el caso de que no quiera retractarse, debemos perdonarle, pero no por ello debemos hacer como si no hubiera pasado nada.

Como dice la cita del Levítico que encabeza este artículo, hay que amar al prójimo como a nosotros mismos. En Palabras de Pablo "si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza" (Romanos 12:20). Si somos verdaderos cristianos no podemos actuar de otra manera: les trataremos aún mejor que antes, aunque ahora sean nuestros enemigos, y dejaremos la merecida venganza para el Señor.