La homosexualidad en la Biblia (IV): epístola del Apóstol Pablo a los romanos

Permitidme citar el texto del que vamos a hablar hoy. Es un texto que, no por tan citado no es menos desconocido. Se trata de los dos primeros capítulos de la Epístola del Apóstol Pablo a los Romanos.

«Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad;
porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó.
Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.
Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.

Profesando ser sabios, se hicieron necios,
y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.
Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos,
ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.
Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza,
y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.
Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen;
estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades;
murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres,
necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia;
quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.

Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.

Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad.
¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?
¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?
» (Romanos 1:18-2:4).

 

 

Estructura del texto

Someramente, podemos estructurar el texto en las siguientes partes:

  • Pablo relata la rebelión de aquellos hombres que, rechazando la Verdad se oponen a Dios, cambiando la gloria del Dios incorruptible por imágenes corruptibles (capítulo 1, vv. 18-23).
  • Dios los castiga con prácticas inmundas, dejándoles que su mente se sumerja en los pecados más abominable (capítulo 1, vv. 24-32).
  • Pablo se dirige a los que critican los pecados enumerados en el capítulo 1: no están exentos del juicio de Dios pese a que ellos no los cometan. Tienen más conocimiento que los que cometen los pecados enumerados, por lo que también tienen mayor responsabilidad y se les exigirá más en el día del Juicio (capítulo 2, vv. 1-4).

 

El texto polémico

La parte que comúnmente se alude para condenar la homosexualidad es la comprendida entre los versículos 24 y 28:


«Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos,
ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.
Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza,
y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.
Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen
» (vv. 24-28).


Pablo se refiere no a homosexuales, sino a aquellos que «dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros» (v. 27a). La palabra traducida en la versión Reina Valera 1960 por natural es «φυσικός», esto es, «instintivo» o «disposición natural». Por tanto, eran heterosexuales que fueron contra su naturaleza teniendo relaciones sexuales con otros hombres. Los homosexuales nunca podrían haber reemplazado sexo con mujeres por sexo con varones.

 

En este fragmento, el Apóstol no condena por lo tanto la homosexualidad; más bien condena la lujuria y los excesos, de acuerdo con el Primer y el Séptimo Mandamiento, y a aquellos que van contra sus instintos y naturaleza. Para ello utiliza los vocablos «ἐπιθυμία» (concupiscencia, deseo, lujuria) en el v. 24, «σεβάζομαι» (adorar) en el v. 25, «πάθος» (concupiscencia) en el v. 26 y «ἐκκαίω» (arder) en el v. 27. Así pues, el Apóstol también critica los actos sexuales (homosexuales y heterosexuales) lujuriosos y aquellos actos que no son consecuencia del amor, sino de la lujuria y de la codicia.

 

El contexto cultural

Pablo escribía a una iglesia que se encontraba en el epicentro de la perversión sexual: la ciudad de Roma. El Imperio se caracterizaba por una agresiva bisexualidad donde los participantes no tenían relaciones sexuales según su naturaleza (o instintos), sino que era una forma de dominar al otro (u otros) participantes. De esta manera, era muy común que hombres casados con mujeres y cuya orientación heterosexual no pondríamos hoy en duda tuvieran relaciones sexuales con hombres a fin de humillarlos y sentirse superiores. Estas prácticas son las que condena el Apóstol, y no las prácticas que, de acuerdo con la naturaleza de los participantes, están basadas en el amor y el respeto mutuo.

 

Conclusión

El Apóstol no condena la homosexualidad, sino que condena el pecado de aquellas personas que van contra sus propios instintos (lo que hoy denominaríamos orientación sexual). También rechaza las prácticas, sea cual sea la orientación de los participantes, que implican lujuria, concupiscencia y codicia.

 

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