La homosexualidad en la Biblia (III): las condenas del Levítico

En los dos anteriores artículos hemos repasado los dos fragmentos bíblicos del Génesis que se suelen citar para condenar la homosexualidad.
A continuación, analizaremos el trato de la homosexualidad en el tercer libro del Pentateuco.

«No te echarás con varón como con mujer; es abominación» (Levítico 18:22).
«Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre» (Levítico 20:13).

¿El Levítico habla de la homosexualidad?

Las condenas bíblicas normalmente quedan claramente delimitadas y expresadas. Así, por ejemplo, se refiere el Levítico al sexo con animales: «Ni con ningún animal tendrás ayuntamiento amancillándote con él, ni mujer alguna se pondrá delante de animal para ayuntarse con él; es perversión» (Levítico 18:23). En cambio, los mandatos precitados no parecen indicar con tanta precisión al sexo homosexual.

En los dos textos se repite «con varón como con mujer». La clave de la recta interpretación de estos dos versículos reside en la correcta apreciación de esa aclaración.

Según se puede entender de la interpretación literal, los dos mandatos prohíben que un varón tenga sexo con otro varón de la misma manera que lo hace con una mujer, por lo que todos los actos sexuales que se consideren que degraden al otro varón, hasta el punto de ser como una mujer, estarían prohibidos. Estos actos incluirían la violencia o, según algunos intérpretes, el sexo anal, dado que el varón pasivo según la concepción de la época sería el débil y degradado, esto es, el de-masculinizado.

Desconocemos también la orientación sexual de las personas a las que se refiere. Por lo tanto, sería incorrecto pensar que este mandato sólo se dirige a las personas homosexuales y no al resto de las personas con otra orientación sexual.

Por lo tanto, el Levítico prohibiría las relaciones sexuales que los varones tienen con otros varones, teniendo estas como consecuencia la degradación de los compañeros sexuales, en particular si los des-masculinizan. Por ello, no se estarían prohibiendo las relaciones sexuales que responden a una expresión de amor y que se deleitan en la masculinidad –y, por lo tanto, no lo feminizan- del otro varón.

La Ley, ¿debemos obedecerla?

A medida que los judíos iban uniéndose al Camino, los primeros cristianos se preguntaron si debían o no seguir la Ley. El Apóstol Pablo dice al respecto en su Epístola a los Gálatas:


«Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador.
Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno.
¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley.
Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.
Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada.
De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe.
Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos
» (Gálatas 3:19-27)

 

En su Teología Sistemática, L. Berkhof comenta que «hay ley y evangelio en el Antiguo Testamento y hay ley y evangelio en el Nuevo Testamento» (pág. 731). «La ley comprende todo lo que hay en la Escritura como revelación de la voluntad de Dios en forma de mandato o de prohibición, en tanto que el evangelio abarca todo lo que hay, sea en el Antiguo o en el Nuevo Testamento, correspondiente a la obra de reconciliación y que proclama el amor de Dios en Cristo Jesús que busca y redime» (pág. 731).

La Ley moral, dentro de la cual se encuentran los mandamientos de Dios, como principios eternos sirven para regular la vida de santidad del cristiano pero, debido al cumplimiento en Cristo de la Ley ceremonial y las leyes particulares de santidad del pueblo Israel (consistentes en apartar a Israel del resto de los pueblos), no podemos considerarnos sometidos a la Ley como norma para alcanzar salvación, tal y como lo hemos leído en Gálatas.

A modo de ejemplo, en el Levítico hay una serie de mandatos ceremoniales que ningún cristiano en la actualidad cumple. Entre otros, podemos encontrar los relacionados con los animales limpios e inmundos (Levítico 11), la purificación de la mujer tras el parto (Levítico 12), las leyes acerca de la lepra (Levítico 13 y 14) y las impurezas físicas (Levítico 15).

 

En conclusión, los mandatos del Levítico que comúnmente se relacionan con la homosexualidad no prohíben todos los actos sexuales entre varones, sino sólo aquellos cuya consecuencia es la de-masculinización. Además, y fruto del Nuevo Pacto, los cristianos no tenemos la obligación de obedecer los mandatos de la ley de carácter ritual o purificador, como la circuncisión u otros aspectos mandatarios del Levítico, como las condenas a los leprosos o la prohibición de acostarse con mujeres con flujo; de la misma manera ocurre con las instrucciones que comúnmente se han relacionado con la homosexualidad.

 

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