¿A quién pertenece el dinero? (III): Las verdaderas riquezas

En la sociedad de consumo actual, son muchas las ocasiones en que los medios de comunicación y nuestro entorno nos empujan a ganar mucho dinero y a gastar también, mucho dinero. Tener cosas y más cosas,aparentar, es lo que vende en la sociedad actual. Esto, pese a que nos lo vendan como la modernidad es más bien todo lo contrario: es la antigüedad. Ya Jesús predicó contra ello hace dos milenios, estando totalmente vigente su prédica en los días de hoy.

«No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.
Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?
Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.
»(Mateo 6:19-24)

«No os hagáis tesoros en la tierra...»

En la primera parte de su enseñanza accerca del dinero, el Señor Jesús nos insta a no hacernos tesoros en la Tierra, sino que nos los hagamos en el Cielo. No hemos de hacérnoslos en la Tierra porque se corromperán, a diferencia de los del Cielo, que permanecerán para siempre. También hemos de tener en cuenta que los tesoros que acumulemos en la Tierra los dejaremos aquí tras nuestra partida a la Casa del Padre, mientras que los tesoros celestiales los empezaremos a disfrutar precisamente tras nuestra partida y para siempre.

«Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón...»

Ahora bien, ¿es sólo un motivo logístico por el que Jesús nos dice que no hemos de hacernos tesoros en la Tierra? No, es más que un problema logístico. Los vocablos griegos que nuestra versión Reina-Valera 1960 ha traducido como «no os hagáis» también pueden ser volcados como «no atesoréis». Y es que Jesús no sólo nos dice que no nos hagamos tesoros en la Tierra, sino que nos exhorta a no atesorar nada en la Tierra. ¿Y qué es un tesoro? Pues es algo en lo que, parafraseando al Señor, está también nuestro corazón.

Y es que Jesús no nos habla de un problema logístico cuando nos dice que no nos hagamos tesoros en la Tierra: el problema no es que es mejor hacernos tesoros en la Tierra y no en el Cielo porque en este último no se corromponen; sino que todos los tesoros en la Tierra son malos por el hecho de que estaríamos poniendo nuestro corazón, esto es, nuestra esperanza, en algo terrenal y no en los tesoros espirituales, esto es, en Dios.

«Ninguno puede servir a dos señores...»

Siguiendo con sus enseñanzas, nos advierte de que no pensemos que podemos servir a Dios y al dinero simultáneamente. Porque nadie puede obedecer a Dios y al dinero, porque en la medida en que sus demandas son incompatibles y opuestas, si obedecemos a uno desobeceremos al otro y viceversa.

Jesús, en esta parte del Sermón del Monte, nos enseña el uso recto que hemos de hacer de las riquezas. Mientras que Dios nos pide que seamos humildes y que miremos al Cielo, las riquezas nos hacen sentirnos orgullosos y mirar a la Tierra. Pero no nos equivoquemos como han hecho algunos: la riqueza no es mala por sí misma, sino que es mala en función de nuestra actitud hacia ella. Utilizarlas para engrandecer el Reino de Dios y ahorrar para poder llevar una vida mejor no es malo si no ponemos nuestro corazón en ellas.

Así pues, como dijo el Apóstol Pablo en referencia a beber y comer, pero que también podemos aplicarlo a las riquezas: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31).