Credo niceno-constantinopolitano

El Credo niceno-constantinopolitano, también denominado Símbolo niceno-constantinopolitano, es una declaración de fe formulada principalmente en el Concilio de Nicea (actual Iznik, en Turquía) y completada en el Concilio de Constantinopla (actual Estambul, también en Turquía).

El Concilio de Nicea fue convocado por el emperador Constantino en el año 325 con el fin de que los obispos de todo el orbe discutieran y llegaran a un acuerdo con respecto a la controversia arriana.

Arrio (256 - 336) era un presbítero egipcio que afirmaba que Cristo era un ser divino creado por el Padre. El Concilio reconoció que las afirmaciones arrianas eran erróneas y emitió una declaración de fe denominada Símbolo niceno que afirmaba que las tres personas de la Trinidad eran divinas, de la misma naturaleza y eternas (por lo que no habían sido creadas).

El emperador Teodosio volvió a convocar un Concilio en el año 381, esta vez en Constantinopla, para dirimir de nuevo la controversia arriana. Pese al nombre por el que se conoce al Credo, no consta que el Concilio de Constantinopla lo promulgara.

La Iglesia de Occidente introdujo en los siglos posteriores la cláusula «y del Hijo» en el Credo («creemos en el Espíritu Santo [...] que procede del Padre y del Hijo»). El filioque, que es como se conoce a esta cláusula, no es aceptado por la iglesia ortodoxa, que considera que el Espíritu Santo sólo procede del Padre.

El Credo niceno-constantinopolitano se caracteriza por un lenguaje teológico profundo, fruto de la intención de definir de forma eficaz y concreta la relación entre las tres personas de la Trinidad y eliminar de esta forma las dudas cristológicas que se produjeron en los primeros siglos de la Iglesia primitiva.

 

Texto del Credo niceno-constantinopolitano

Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, creador de Cielo y Tierra, de todo lo visible e invisible.

 

Creemos en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho.

 

Que por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo: por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen y se hizo hombre.

 

Por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado.

 

Resucitó al tercer día, según las Escrituras, subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre.

 

De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin.

 

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe en una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.

 

Creemos en la Iglesia, que es una, santa, universal y apostólica.

 

Reconocemos un solo bautismo para el perdón de los pecados.

 

Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

 

Amén.