Martín Lutero

Martín Lutero (1483 - 1546) nació en Eisleben (Sajonia), en la actual Alemania. Nacido en una modesta familia, gracias al esfuerzo de sus padres pudo estudiar leyes en la Universidad de Erfurt.

Era profundamente piadoso, entrando por ello en el monasterio de los agustinos de Erfurt. Como monje, se caracterizó por mantener largos rezos, penitencias y ayunos. Creía que de esta manera podría aplacar la ira de Dios y ganarse la salvación.

Pero Lutero no tenía suficiente con los sacrificios que realizaba. Seguía aterrorizado porque consideraba que de ninguna de las maneras podía vencer la justa ira de Dios, ira causa del pecado que los hombres, y que él, cometían día a día.

El provincial de la orden de los agustinos, Juan Staupitz (circa 1460 - 1524), le sugirió que leyera la Biblia y que no se diera a sacrificios tan cruentos. Lo único que hacía falta, dijo, era que amara a Aquél que le amó primero.

A partir de ese momento, se entregó sin descanso al estudio de la Palabra de Dios y de los tratados de san Agustín. En ellos empezó a encontrar la verdadera doctrina que hasta ahora había quedado sepultada por tantos siglos de papado.

En 1510 Martín Lutero viajó a Roma para tratar algunos asuntos de su orden. Pero la impresión que se llevó no pudo ser más negativa. Boato, lujo y pecado; ningún respeto por la doctrina y total indiferencia hacia Dios y su Hijo. Y no sólo en el pueblo, también en el clero y en las más altas magistraturas de la iglesia romana.

A su regreso de Roma pasó a ser doctor en teología de la Universidad de Wittemberg, donde ya ocupaba la cátedra de filosofía.

Poco a poco y día a día estudiaba la Escritura, y fue comprendiendo que no había manera humana de salvarse sino era por la justicia que Dios nos había logrado con la muerte de su Cristo en la cruz. Y que ningún ayuno u obra podría nunca aplacar a Dios, sólo la fe en Él, porque, como dijo el profeta Habacuc en boca del apóstol Pablo, «el justo por la fe vivirá».

Todo suceso importante en la historia ha comenzado a partir de un hecho, aparentemente insignificante, pero que sin embargo ha prendido la mecha. El fuego del amor a Cristo fue encendido esta vez por la venta de indulgencias que el papa León X (1475 - 1521) impulsó con el fin de recaudar dinero para la construcción de la basílica romana de san Pedro.

Según el catolicismo romano, el pecado conlleva una pena eterna y una pena temporal. La pena temporal, que es una suerte de desorden que se introduce en el hombre a causa de la comisión de un pecado, se remite en el purgatorio. Según el romanismo, las indulgencias servían para remitir esta pena temporal, es decir, para disminuir el tiempo de estancia en el purgatorio tras la muerte.

Pero si ya es incorrecto teológicamente esta aproximación al pecado, por cuanto el purgatorio no existe y toda pena es perdonada en Cristo por la sola fe en Él, la prédica de los vendedores de indulgencias incurría aún en mayor gravedad. Afirmaban que comprando las indulgencias se podía comprar la salvación, por lo que ya no hacía falta ni tan sólo hacer esas obras meritorias que en otros lugares instruían a sus fieles a realizar, sino que al tirar una moneda en una bolsa inmediatamente quedaba la salvación garantizada y asegurada.

Si bien esta tiranía que se aprovechaba de la ignorancia del pueblo ya había sido denunciada por los precursores de la Reforma, Lutero se indignó sobremanera con la manera de actuar del papado en relación a esta situación. La jerarquía alemana estaba totalmente enterada de esta manera de hacer; sólo hace falta recordar que el arzobispo de Magdeburgo, Alberto de Maguncia, se reservaba la mitad de la recaudación de las indulgencias, parte de la cual utilizaba para pagar sus deudas contraídas con motivo de la compra de su propio cargo.

Así pues, la jerarquía estaba enterada de esta práctica que, a cambio de dinero, aseguraba la salvación. Y todo a expensas del dinero del pueblo cristiano, que vivía en la más absoluta de la ignorancia.

Finalmente, el 31 de octubre de 1517 Martín Lutero clavó las 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. En ellas todavía no se atacaban las doctrinas que más tarde reconsideraría, sino que denunciaba los abusos a los cuales el papado y sus acólitos las sometían diariamente, a expensas y aprovechándose siempre del pueblo cristiano.

Aunque se solicitó la comparecencia de Lutero en Roma en un plazo de dos meses para responder a las acusaciones formuladas contra él por los papistas, finalmente Federico el Sabio (1463 - 1525), príncipe-elector de Sajonia y gran protector de Lutero, consiguió que el caso se viera en Alemania, en la persona del legado papal, el cardenal Tomás Cayetano.

Aunque la reunión no sirvió para nada, puesto que el legado insistió a Lutero en que se retractara y éste afirmó que sólo lo haría si le convencía con la Palabra de Dios, sí sirvió para que desde Roma se enviara a Carlos Miltitz (circa 1490 - 1529), chamberlán del papa que intentó ganarse la confianza de Federico el Sabio con regalos, tal vez para conseguir de él favores que ayudaran a desactivar a Lutero y por tanto que dejara de ser una molestia para Roma.

La disputa de Leipzig, ocurrida en los meses de junio y julio de 1519, fue un punto de inflexión para Lutero. El ambicioso teólogo Juan Eck (1486 - 1543) disputó con él acerca de las doctrinas papistas, de tal manera que Lutero se fue dando cuenta poco a poco de que las doctrinas que él defendía, tales como la supremacía de la Biblia sobre la tradición romana, así como la justificación por la sola fe, eran incompatibles con el papado y con la estructura eclesiástica de la iglesia católica-romana.

En esta época escribió algunos de sus tratados, tales como A la nobleza cristiana de la nación alemana, donde propugnaba la convocatoria de un Concilio general por parte del brazo secular, igual que se hizo en la iglesia primitiva (por ejemplo, el Concilio de Nicea). En La libertad cristina expone el plan divino de la redención y en La cautividad babilónica de la Iglesia trata acerca de los sacramentos.

Juan Eck volvió en 1520 de Roma y trajo consigo una bula de excomunión de Lutero. Pese a que tanto antes como después de la bula Lutero dirigió cartas al papa explicándole su posición, nunca se le dio una respuesta más allá de exigirle la retractación incondicional.

Carlos I de España y V de Alemania (1500 - 1558), rey de España, ascendió al trono imperial en 1520. Aunque algunos tenían la esperanza de que su juventud le iba a hacer simpatizar con la Reforma, prefirió aliarse con Roma contra Francia a cambio de intentar eliminar de cuajo al movimiento reformador. Pese a sus intenciones, no pudo hacer según sus deseos, puesto que los príncipes alemanes le exigieron que Lutero pudiera explicarse en la Dieta de Worms. Y es que muchos de los abusos que denunciaba Lutero también eran denunciados por los altos dignatarios alemanes y el pueblo los hacía suyos, por lo que no era posible hacer desaparecer un movimiento tan fuerte e importante.

En el año 1521 se celebró la Dieta de Worms, a la que acudió Lutero, no sin la suspicacia de sus amigos acerca de que le conviniera ir. En la mente de todos estaba la reciente muerte de Juan Hus en el Concilio de Constanza, al cual también se había proporcionado un salvoconducto que fue posteriormente violado por los papistas. Pero Lutero se reafirmó y dijo que iría sin dudarlo.

El 17 de abril compareció ante el emperador, reconociendo ser autor de los libros que le presentaron, así como negando su retractación. Su conciencia y la Palabra de Dios le obligaban a sustentar lo que afirmaba, decía, por lo que no podía hacer otra cosa. «Que Dios me ayude. Amén».

Aunque algunos papistas sugirieron repetir la violación del salvoconducto imperial que ya se hizo con Hus, finalmente no lo consiguieron. La presión papal consiguió que el emperador promulgase el Edicto de Worms, condenando a Lutero y a sus seguidores. El reformador fue arrebatado por unos misteriosos caballeros y escondido en el castillo de Warburgo, que era propiedad de Federico el Sabio. Allí llevó una vida prolífica, escribiendo varios libros y traduciendo el Nuevo Testamento al alemán.

En la Dieta de Espira (1529) se acordó que cada Estado tendría la religión de su príncipe. Los romanistas decretaron que en los estados protestantes los papistas fueran tolerados; pero en los estados católico-romanos fuera prohibido el protestantismo. Los Estados y ciudades alemanas promulgaron un documento de protesta -de ahí la denominación de «protestante»- afirmando la injusticia de esta desigualdad y apelando a Dios y a las conciencias de los hombres.

El emperador Carlos V solicitó la convocatoria de un Concilio al papa para resolver la disputa, pero éste se negó, afirmando que no convenía. Finalmente, la firmeza de los príncipes alemanes y la guerra con los turcos suavizó la dureza del emperador.

Mientras, con la ayuda de Dios, la reforma se fue extendiendo por toda Europa. Pese a la reacción de la iglesia romana convocando el Concilio de Trento (1545 – 1563) e iniciando una ofensiva contrarreformista, la fe reformada se fue consolidando en toda Europa.