Domingo 24 después de Trinidad

 

Recientemente, escuché a una mujer quejarse de una calamidad que le había ocurrido. Se preguntaba por qué le había tocado a ella vivir aquella situación y exigía una solución rápida. Es muy común escuchar este tipo de quejas y reproches que, siendo totalmente justificados, no hacen más que poner en evidencia el mal juicio con el que evaluamos al mundo. Normalmente, cuando nos quejamos de que algo malo nos ocurre, solemos sentirnos atacados por la adversidad; como si esto saliese de la nada. Es cierto, como vemos en el libro de Job, que en ocasiones las maldiciones que caen sobre nosotros no ocurren a causa de nuestra propia maldad. Aún así, no debemos perder la perspectiva de que todo mal proviene de la Creación. El hombre, como creación caída de Dios, está sumergido en el pecado y en la mayoría de los casos es la propia maldad humana, consecuencia de la caída en Adán, la que genera los perjuicios y desgracias. Ante estas adversidades, ¿qué podemos hacer? En primer lugar, confiar en quien es poderoso para ayudarnos a superarlas: en Jesucristo Hijo de Dios y segunda Persona de la Trinidad. En segundo lugar, los creyentes, los cristianos, debemos ser sal del mundo y ayudar a combatir las injusticias y a aquellos que las sufren.

Hasta que no llegue la redención plena con la segunda venida del Señor Jesucristo aún viviremos injusticias en esta tierra; pero en nuestra mano está la responsabilidad, como creyentes, de luchar contra ellas. ¿Acaso haría algo diferente Jesucristo? Aprendamos de su ejemplo.

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31 de octubre, día de la Reforma

 

Mucho se está escribiendo desde hace unos días para aquí sobre la Reforma protestante. El motivo no es otro que la visita del Papa romano Francisco a Suecia para conmemorar, junto con la Federación Luterana Mundial, el 499 aniversario de la Reforma.

Normalmente suelo escribir estas reflexiones para ser publicadas en domingo, el día del Señor. Deliberadamente esta vez decidí que sería más correcto escribir el artículo el día de la Reforma. Sabiendo que el acto al que estaba invitado el Papa iba a traer cierto revuelo mediático, he esperado para escribir cuando me llegasen noticias.

Cuando uno lee el comunicado conjunto que la Federación luterana y los católico-romanos han firmado hoy tiene la sensación que ambas entidades están intentando pasar página a la historia. Sin lugar a dudas no es una mala estrategia, teniendo en cuenta que ambas estructuras eclesiásticas no pasan por sus mejores momentos. Los luteranos liberales se consumen y su peso social es nulo. El catolicismo romano pierde fieles y su estructura teológica externa está en constante cambio; para volverse ambigua y poder así absorber a la gente con algún tipo de religiosidad sin importar los dogmas. ¿Qué quieren conseguir ambas organizaciones con este “caminar en la unidad”? No debemos perder la perspectiva de un mundo cada vez más diverso; pero a la vez más sincrético. Donde cada uno de nosotros es único; pero a la vez toma prestado mucho de aquí y de allá. Esto también ocurre en la esfera espiritual. En el peor de los casos encontramos una apatía espiritual que suele rellenarse con una búsqueda insaciable de la felicidad o una resignación inconformista. En medio de esta ensalada espiritual y religiosa el catolicismo romano y el luteranismo liberal parecen querer reivindicar su espacio y recordar al mundo que aún existen. Parece que se disculpan de los errores del pasado y señalan al dogmatismo como fuente de todos los males. Lo cierto es que no fue el dogmatismo lo que genero el rechazo social hacia la religión establecida; fue la hipocresía y la rigidez moral desprovista de fe auténtica. Ahora nos quieren dar otro sucedáneo de cristianismo; pero esta vez es fe falsa desprovista de dogmatismo y sin rigidez moral. ¿Piensan que de esta forma la sociedad va a volver sus ojos hacia dos instituciones caducas?

Nuestro Señor Jesucristo nos llamó a vivir una fe verdadera. Una fe asentada en la Palabra de Dios, alimentada en la esperanza y demostrada en el amor. Esta fe no descansa en nuestros intentos de ser buenas personas, en nuestra respuesta a su llamado o en el deseo de unidad o fraternidad. La fe bíblica, la fe auténtica, descansa en la confianza en que la muerte y resurrección de Jesucristo es la única fuente de vida eterna y camino de salvación. No nos engañemos, nuestros buenos deseos no salvan a nadie. La humanidad está perdida y muerta en pecados y apatía espiritual, dispuesta a adorar y creer en cualquier cosa o en si misma: Lista para destruirse. Tan sólo la gracia de Dios puede sacarnos de nuestra muerte moral, espiritual y física y llevarnos a la vida eterna a través del único camino posible: Jesucristo.

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Domingo 22 después de Trinidad

 

Hace unos días, hablando con una persona de mi trabajo, llegamos a un punto de la conversación en el que salió a relucir Dios. Según esta persona, dentro de un tiempo, un asunto determinado se dilucidaría si Dios quisiese. Acto seguido, esta persona rectificó y dijo que era mejor no meter a Dios en medio de todo aquello. Lamentablemente esta postura es bastante corriente incluso entre creyentes de cualquier religión. Para la mayoría, Dios no pasa de ser un ser que actúa sólo en una esfera limitada o espiritual. Los asuntos que ellos consideran «mundanos» están fuera de la esfera divina.

La visión que nos da la Biblia sobre Dios está totalmente alejada de una idea de un Dios apartado de las cuestiones ordinarias de su creación. Al contrario de lo que se cree o se desea, el Señor está siempre pendiente de lo que ocurre y nada sucede sin que esté detrás su divina Providencia. Este énfasis en recordar el papel de Dios en los actos cotidianos y en todo tipo de asuntos siempre ha sido responsabilidad de la Iglesia. Desde los tiempos de la Reforma protestante las iglesias de tradición reformada (calvinista) hemos enfatizado la soberanía y la providencia de Dios como doctrinas fundamentales. No se trata de algo que se hayan inventado los Reformadores: Ellos extrajeron de la Biblia estas maravillosas doctrinas.

Aquellos que intentan apartar a Dios de lo cotidiano están queriendo separar la divinidad de su creación. Muchas veces se hace por una «buena intención». Se cree que la creación es algo malo y degradante y Dios no puede estar preocupándose por cosas malas. Lo cierto es que la Escritura nos dice que no hay nada malo en lo creado, puesto que Dios lo creó bueno en gran manera (Génesis 1:31). Tras la Caída del hombre en Adán y Eva, la creación sufre del pecado igual que nosotros (Romanos 8:22). Desde entonces es imperfecta; pero aún así Dios está al cuidado de todo y está detrás de todo.

Al apartar a Dios de aspectos de la realidad creamos un dios-ídolo sin omnipotencia. Recordemos que, como el Señor Jesús dijo:«¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios. Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos pajarillos» (Lucas 12:6-7).

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Domingo 21 después de Trinidad

 

Cuando examinamos las creencias y los comportamientos de las diferentes iglesias y congregaciones cristianas alrededor del mundo observamos que hay cierta disparidad. En la mayoría de los casos son diferencias menores en algunos aspectos doctrinales y éticos; pero, en otros, estas diferencias son tan evidentes que podemos preguntarnos si realmente esas congregaciones están adorando al mismo Dios.

En una iglesia local predican el arrepentimiento y el perdón, en otra un mensaje de salvación universal, y otra traslada un mensaje de odio hacia lo que se considera diferente. ¿Acaso todas estas iglesias pueden estar adorando a Dios, tal y como aparece en la Biblia, y poder mantener actitudes contrarias entre sí?

Juan Calvino, al inicio de su magna obra titulada «Institución de la religión cristiana», nos dice que el hombre es una fábrica de ídolos. Ciertamente, cada ser humano tiene la tentación de hacer a Dios a su imagen y semejanza. Nos esforzamos por ver al Creador a través del prisma de nuestra personalidad y a convertirlo en una versión «omnipotente» de nosotros mismos. ¡Qué lejos estamos de la realidad cuando caemos en ese pecado tan detestable! A decir verdad, no se trata de un pecado moderno; más bien es una antigua aspiración del ser humano pecador y caído. Ya Jacob, Israel, intentó modelar el carácter de Dios a su imagen, hasta el punto de luchar contra Él. El resultado no pudo ser más evidente; pero a la vez más triste para el patriarca: acabó con la cadera lisiada de por vida. Cada vez que intentamos modelar a Dios a nuestra imagen luchamos contra Aquel que es Todopoderoso y eso no deja de ser un intento inútil y ridículo.

Cada individuo se esfuerza para no dejar que el Espíritu Santo moldee su carácter y permeabilice su pensamiento. El pecado y Satanás se esfuerzan terriblemente para que no conozcamos la verdad. Nos falta la humildad necesaria para ir a la Palabra de Dios y conocer al Creador tal cual es. Es verdad que, como dice la Escritura, ahora conocemos como a través de un espejo (1 Corintios 13:12), de un sueño, indirectamente. No podemos acceder al carácter de Dios de manera directa; pero sí que podemos aprehendernos a la mente del Señor cuando estudiamos más y más el carácter de Cristo.

Jesucristo es el único ejemplo y reflejo exacto de  Dios (no obstante Él es Dios mismo, la segunda persona de la Trinidad) del cual podemos conocer de forma vívida su carácter, pensamiento y personalidad. A diferencia de lo que ocurre con las teofanías del Antiguo Testamento, en las cuales Dios se mostraba distante del hombre y en una esfera inaprensible, Dios se manifiesta en el Hijo de manera tan vívida y directa que cualquier hombre puede conocerle.

Cuando acudimos a la Palabra a buscar las características de Dios que encajan con nuestra manera de ser estamos pecando horriblemente. Queremos hacer de nuestro Creador un mero ídolo. Debemos tener la humildad suficiente como para dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de conocer el carácter último de Dios. Muchas veces podremos descubrir aspectos que nos maravillarán de nuestro Señor, otras veces nos resultaran sorprendentes y, por desgracia, en alguna ocasión, podrán chocar con nuestra visión de las cosas e incluso molestarnos. No pasa nada, es normal que nuestra naturaleza pecaminosa rechace aspectos del carácter santo de Dios. Lo que sí debemos tener presente es que no podemos dejarnos llevar por nuestra naturaleza e ignorar esos aspectos o pasarlos por alto.

Seamos capaces, por tanto, de acudir a la Biblia para conocer más y más de Dios sin intentar forzar su carácter para amoldarlo al nuestro. Sea nuestro objetivo vital, como dijo el Señor Jesús, conocer de Dios porque en eso consiste la Vida eterna: «Y ésta es la vida eterna: Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado» (Juan 17:3).

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Domingo 20 después de Trinidad

 

Últimamente, gracias a las nuevas tecnologías y a la creciente libertad de circulación de la información, conocemos de más y más casos de escándalos de índole personal, sexual o financiera entre los políticos, famosos y otras personas en general. No es sorprendente ver cómo, poco después de conocerse el escándalo, las personas implicadas emiten comunicados o declaraciones pidiendo que se respete su «esfera privada». Incluso en muchos casos se apela a esa «esfera privada» para justificar que dicho tema salga del dominio público y se entierre por parte de la prensa. Evidentemente, detrás de esta actitud de privacidad subyace el verdadero motivo: esconder de los ojos del público aquello que se quería ocultar por considerarse negativo.

No debemos confundir el derecho a mantener en la privacidad elementos de nuestra vida, por motivos decorosos, con el intento de ocultar aquello que sabemos será reprobado por la sociedad. Cuando apelamos a la «esfera privada» para no permitir que la gente haga un juicio de valor de lo que hemos hecho mal estamos, en el fondo, queriendo establecer una nueva moralidad hecha, a la carta, por nuestra naturaleza pecaminosa.

Los actos ilícitos que se pretenden esconder tienen, en la Biblia, el nombre de «pecados». El pecado es la separación de Dios por la vulneración de su voluntad. Un Dios santo y perfecto no puede tener cerca al pecado, puesto que su naturaleza lo repele automáticamente. Cuando pecamos Dios nos expulsa de su comunión. Por mucho que queramos establecer una «esfera privada» no deja de ser una débil burbuja particular que Dios puede explotar con sólo soplar su juicio. Tan sólo el sacrificio de Jesucristo puede restablecer esta comunión. Los lazos rotos que nos unían a Dios son reparados por las manos horadadas en la cruz del Señor Jesús, cuando depositamos nuestra fe y confianza en Él.

Como cristianos no debemos dejarnos llevar por la corriente imperante de pensamiento políticamente correcto. Los pecados de los demás no deben ser ocultados y mantenidos en otra esfera, como si lo privado pudiera separarse de lo público. Somos una única persona, con diversas facetas (pública, privada...); pero que no están separadas en compartimentos estancos. Si un político incurre en inmoralidad sexual y engaña a su cónyuge también puede hacer lo mismo y engañar a los electores. Sírvanos el escándalo para juzgar hechos y buscar restauración; pero no para juzgar con ánimo destructivo.

En definitiva, cuando el pecador apela a la «esfera privada» está intentando decirle a Dios: «Mira, Tú aquí no te metas. No tienes nada que ver con esto. No quiero a Dios en mi vida». Debemos recordar que por mucho que intentemos expulsar a Dios de nuestra vida y ocultarle los actos pecaminosos que cometemos, el Señor Jesús dijo: «Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas, a la luz se oirá; y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas» (Lucas 12:2-3).

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