Sexto domingo después de Pascua, Exaudi

 

Cada época ha supuesto un nuevo reto para la Iglesia universal. Después de que hayan pasado casi dos décadas del siglo XXI, parece que está costando encontrar un papel relevante para la Iglesia, como organización, en el seno de la sociedad. Hace ya bastantes años que las iglesias de teología liberal optaron por interpretar un papel humanitario dentro del tejido social. De esta forma, aumentó el énfasis en la acción social a expensas de la predicación de la Palabra. Con el tiempo, se produjo una confusión de ambas facetas y, finalmente, se sustituyó la vocación evangelizadora por la acción humanitaria. Es un hecho común que, la mayoría de estas iglesias, entienden hoy que evangelizar es hacer acción social. Frente a esta actitud las iglesias de teología conservadora optaron por enfatizar la predicación de la Palabra en un entorno desfavorable. Con el correr de los años, la transformación moral de la sociedad y la creación de nuevos paradigmas empujó a las iglesias conservadoras a replegarse y centrar su labor de "fuera a dentro", cayendo, en algunos casos, en cierto aislacionismo.

Ciertamente, las iglesias liberales poseen una mayor sensibilidad para abordar las cuestiones complejas que las sociedades postmodernas plantean al hombre. Esto es así porque conforme la sociedad se mueve hacia uno u otro lugar, la iglesia, entendida como comunidad humana de fe, adopta, integra y absorbe los cambios y los incorpora a su tradición y bagaje teológico. La cuestión es si ésta es la forma en la cual la Biblia nos estimula a abordar las realidades sociales en las que nos movemos. Desde un punto de vista práctico, y muy interesante, los profetas del Antiguo testamento nos ayudan a entender cómo el fiel a Dios y su Palabra debe enfrentarse a los retos que la sociedad contemporánea le plantea. Ciertamente, la solución no es dar elasticidad a la Palabra de Dios hasta retorcerla o desfigurarla para que demos cabida a cualquier manifestación social o cultural. De esto sabían mucho los falsos profetas que, para congraciarse con los reyes y el pueblo de Israel, torcían y se inventaban lo que Dios quería decir para, de esta manera, justificar lo que se oponía a la voluntad del Creador. Por otro lado, de poco ayuda aferrarse a una interpretación de la Palabra de Dios que se demuestra ineficaz y carente de poder. En ese caso, debemos preguntarnos no qué está fallando en la Palabra de Dios (puesto que por ser divina nada hay erróneo en ella), sino qué estamos haciendo mal nosotros para que nuestra interpretación no esté llevando el mensaje esencial en el momento que nos toca vivir.

Si algo nos enseña la Escritura, es que no hay mensaje más importante que conocer a Cristo y a éste crucificado (1 Corintios 2:2). La Iglesia tiene legitimidad y llamado para preocuparse por la ayuda social, por el medio ambiente, por la pobreza, por las familias, por la vida, por la dignidad humana y por muchos otros temas que reflejan el amor y la misericordia que Dios tiene por su creación y que nos debemos los unos a los otros; pero si la Iglesia deja de predicar la necesidad de la fe salvadora en Cristo Jesús, deja de mostrarle al hombre que sin Cristo está muerto en pecados y delitos y que sin Jesús Nuestro Señor no tendrá la vida eterna, el resto de lo que haga no será más que humanismo ilusorio o moralidad hueca. El papel de la Iglesia en el siglo XXI es el mismo que el de la Iglesia en el siglo I: predicar la necesidad del arrepentimiento y la fe en Cristo Jesús como único instrumento de salvación. Tenemos que saber cómo llevar ese mensaje a toda criatura, a todo ser humano, sabiendo que cuanto más ahondamos en este mensaje mayor amor mostramos para con nuestro prójimo y para con nuestro Dios. Sólo cuando seamos capaces de predicar el Evangelio a todos, sin excluir a nadie, la Iglesia volverá a ser relevante en medio de un siglo de cambios tan acelerados como el nuestro. La sociedad cambia, el ser humano cada día posee mayor conocimiento, el mundo que nos rodea se transforma y nos deja perplejos. Cada día que pasa nos cuesta más asumir la incerteza; pero en medio de nuestro estupor hemos de recodar que «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hebreos 13:8), ésta es la única realidad que importa. AMÉN.