Primer día de Cuaresma

 

La sociedad occidental, y por extensión muchas sociedades de otras partes del planeta, está viviendo una etapa de profundos cambios. Cada día se alzan más voces pidiendo respeto y más cuotas de libertad individual y, a la vez, otras personas demuestran un alto grado de intolerancia hacia quien piensa o es diferente. Sin lugar a dudas, esta aparente contradicción es el día a día de una sociedad que se está transformando. Seguramente, ninguno de nosotros sabemos hacia dónde se encamina la humanidad. Es muy probable que cada vez se exijan más cuotas de libertad personal; pero de la misma forma se va a restringir la manifestación del pensamiento disidente. La paradoja de la sociedad del siglo XXI reside en que se busca que nadie juzgue a nadie y a la vez se impone un comportamiento tolerante. Sin duda, un interesante fenómeno que los sociólogos deberían estudiar.

Ante este panorama, ¿cómo debe actuar la Iglesia?, ¿cómo debe responder el cristiano? La respuesta tradicional de la cristiandad hacia la exigencia de libertad total por parte de la sociedad siempre ha sido recelosa, cuando no de enfrentamiento directo. La delgada línea que separa libertad y libertinaje ha traído al seno de la Iglesia grandes discusiones. Por un lado, los protestantes siempre hemos defendido la libertad de conciencia; pero por otro nos ha preocupado el libertinaje social por considerarlo una afrenta a las leyes de Dios. Lamentablemente, el «rearme» moral como herramienta para luchar contra el libertinaje siempre ha acabado en opresión, malentendidos y, finalmente, se ha convertido en un arma arrojadiza que se ha vuelto contra la Iglesia. Aún así, muchos cristianos siguen oponiéndose a la ola de libertad total con moralismo. ¿Es ésta la actitud que cabe esperar de un creyente bíblico? La respuesta, como no podría ser de otra manera, la tenemos que buscar en la Palabra de Dios. No debemos perder la perspectiva de que el moralismo ético que se desprende de la Ley otorgada por Dios al pueblo de Israel, que es inspiradora para la Iglesia, ha sido cumplido en Cristo Jesús. Por lo tanto, de la Ley debe quedar la referencia al carácter de Dios y la construcción de una moral moldeada en sus principios; pero tamizada por las enseñanzas del Nuevo Testamento. Aun así, no debemos caer tampoco en menospreciar o considerar sin valor la Ley. De ella se desprenden importantes principios éticos que son normativos para todo creyente. Tema aparte, y controvertido, es saber si estos principios éticos son obligatorios para toda la sociedad o sólo para los cristianos. Es un tema que ha suscitado mucho debate dentro de la Iglesia por siglos y que excede el contenido de este artículo.

Por tanto, ¿qué debemos hacer ante el cambiante mundo que nos rodea? ¿Nos subimos al carro de la libertad total o es mejor mantenerse en el prudente camino del rígido moralismo tradicional? El Evangelio muchas veces ha sido interpretado en un sentido o en otro. A veces, como revolución social liberadora y, en otras ocasiones, como moralidad conservadora e inamovible. Lo cierto es que ambas visiones carecen de un fundamento sólido: ni el Evangelio nos trae un mensaje liberador de la moral ni tampoco nos quiere imponer una visión moral concreta. El mensaje de la Biblia va mucho más allá de la moralidad pública o privada. El mensaje de la Palabra de Dios nos habla de un Dios santo al que el hombre ya no puede acercarse. Nuestra naturaleza es corrupta, ha sido pervertida y ahora no busca acercarse a Dios o amar a sus semejantes. Lo que mueve al ser humano es el egoísmo. Por tanto, si el hombre no busca a Dios, ni tampoco hacer el bien al resto de la humanidad, ha de ser Dios quien busque al hombre y traiga el bien a la humanidad caída. Ya sea interviniendo de una manera limitada en un pueblo como Israel, como cuando fue liberado de Egipto, o en favor de toda la humanidad como cuando el Señor Jesús nació para entregarse a la muerte en rescate de los hombres, es Dios quien toma la iniciativa. Ése es el mensaje de la Biblia. Ni pregonar el libertinaje nos llevará a la felicidad y a la paz mundial ni tampoco lo hará el moralismo ético. Ambos caminos están cegados por el hombre y para el hombre. Tan sólo la intervención divina y personal en cada ser humano puede traer la solución a los profundos problemas y complejas contradicciones en las que estamos todos sumidos. Porque como leemos en 1 Corintios 1:22-24: «Porque en verdad los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los judíos, y necedad para los gentiles; mas para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios».