Cuarto domingo después de la Epifanía

 

 

Conforme más y más vamos profundizando en nuestra relación con Dios, de manera más clara nos damos cuenta de nuestra absoluta dependencia. 

Me gusta leer y escuchar las leyes del Antiguo Testamento (la Torá) porque me recuerdan lo difícil que es agradar al Señor y amoldarse totalmente a sus normas. Para seres caídos como nosotros, arrastrados por el pecado e imperfectos a causa del mismo desde que nacemos, la exigencia ética, moral y ritual que supone acercarse a un Ser santo, todopoderoso, perfecto y totalmente puro en santidad es tan elevada que nos imposibilita conseguirlo. Cuando leemos la Ley de Moisés descubrimos qué complicado es poder estar cerca de Dios y no morir en el intento. ¿Cómo podemos acercarnos a Él? ¿Qué méritos, obras o sacrificios podemos hacer para tener comunión con el Creador del mundo? La única manera es seguir su Ley, pero esto ya se demostró misión imposible aún para su pueblo escogido, Israel. Nosotros lo tenemos aún más difícil. Nadie que se proponga seguir la Ley de Dios en su totalidad podrá lograrlo. Ante este panorama sólo puede crecer la frustración y la desesperación. Quizás, tal vez, también crezca el desapego y la repulsa a Dios mismo.

No debemos desesperarnos, pues Dios proveyó una manera de poderse acercar a Él: Jesucristo, su Hijo amado, perfecto en pureza y santidad y completamente humano a la vez que divino. Él sí cumplió con las exigencias de la Ley. De esta forma, Él sí pudo acercar la humanidad al Creador. Ahora tenemos paz para con Dios y comunión con Él por medio de su Hijo Jesucristo. Así leemos en la carta a los Hebreos, en el versículo 15 del capítulo 9: «Por eso Cristo es mediador de un nuevo pacto, para que los llamados reciban la herencia eterna prometida, ahora que él ha muerto para liberarlos de los pecados cometidos bajo el primer pacto». Si el Señor Jesús nos acerca a Dios por medio de su sacrificio y amor, nadie ni nada podrá separarnos de Él. Sólo aquellos que son atraídos hacia Jesús y depositan su confianza en Él, como quien confía ciegamente en quien le ama, experimentarán la verdadera comunión con Dios y la paz auténtica del alma.