Cuarto domingo de Adviento

 

Otro año toca a su fin y nos encaminamos hacia un 2017 incierto. Si algo nos ha mostrado este 2016 es que cada día parece más difícil diferenciar la cierto de lo falso, las apariencias de lo real. Perece ser como si lo único que importase fueran nuestros sentimientos de frustración e incerteza en un mundo que parece disolverse poco a poco en el caos. En medio de todo esto aparece, de nuevo, la Navidad como una fecha remarcada en el calendario. Quizás un momento de comer con la familia, de recordar tiempos pasados, de compartir experiencias con amigos y conocidos. ¿Realmente es esto todo lo que la Navidad puede traernos a nuestras vidas? ¿Nada más que unos días de tregua en nuestro batallar diario? Lo cierto es que la Navidad puede ser una realidad mucho más profunda. Lejos de los regalos y de la comida excesiva yace un Niño llorando en un pesebre. Aparentemente un niño indefenso y necesitado del calor y amor de sus padres; pero en realidad nos encontramos ante el Salvador del mundo: Jesucristo.

No es un niño más, no es únicamente un ser humano. Se trata de Dios mismo encarnado, nacido para salvación de todos nosotros. Pero, quizás te preguntes, ¿de qué debo salvarme? ¿Para qué necesito un Salvador? Aquí es donde la ceguera humana juega una mala pasada a nuestras conciencias. Nos podemos sentir libres y aparentemente felices en una vida de lucha contra la frustración, el mal, la enfermedad o la muerte; pero lo cierto es que nuestra libertad está cautiva. Ni podemos, ni realmente queremos apartarnos de nuestro camino torcido. Vivimos una vida de rebelión contra Dios. Ni lo buscamos, ni aceptamos el plan que Él tiene para nuestras vidas. Como leemos en la Palabra de Dios: «No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Romanos 3: 10-12). Desgraciadamente, aunque seamos capaces de hacer el bien en muchas ocasiones, escogemos el mal; porque nuestra naturaleza caída nos lleva a ello, no podemos evitarlo. A veces mentimos, fallamos a nuestros seres queridos, somos violentos, altivos, damos falso testimonio, maquinamos pensamientos inicuos, corremos para hacer el mal... Todo esto desagrada a Dios y destruye a nuestros semejantes. Por  si  fuera  poco,  en  la  vida,  a  esta corrupción  moral  generalizada  se  añade  la  enfermedad  física  y  en  último  lugar  la muerte.

¿Entonces no hay esperanza? ¿La vida es un cúmulo de desgracias? ¡Ni mucho menos! Existe esperanza en Cristo Jesús. Tan sólo en Él tenemos la certeza de ser salvos. No sólo tenemos la vida eterna en Él, sino que también mediante Él somos liberados de nuestros pecados, de nuestra maldad interior. En el tenemos la muestra de amor más grande que podamos hallar, como dice la Sagrada Escritura: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). El amor humano es imperfecto. Por mucho que hagamos buenas obras, ninguna de ellas será suficiente para desprendernos de nuestra vieja naturaleza. Como leemos también en la Biblia: «Si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Corintios 13:3-7). Esta clase de amor verdadero y perfecto sólo lo hayamos en Cristo Jesús.

Este año, cuando celebremos la Navidad, miremos en nuestro interior, examinémonos y busquemos en nuestro ser si realmente tenemos paz para con nosotros mismos. En Jesucristo es posible encontrarla, y no solo eso, también vida y vida en abundancia.

 

Acabamos estas líneas recordando el precioso y conocido himno navideño «Se oye un son en alta esfera» de Charles Wesley, que nos recuerda el verdadero propósito de la Navidad:

 Se oye un son en alta esfera:

"¡En los cielos gloria a Dios!

¡Al mortal paz en la tierra!"

Canta la celeste voz.

Con los cielos alabemos,

Al eterno Rey cantemos

A Jesús, que es nuestro bien,

Con el coro de Belén;

Canta la celeste voz:

"¡En los cielos gloria a Dios!"

 

El Señor de los señores,

El Ungido celestial,

A salvar los pecadores

Vino al mundo terrenal.

EsGloria al Verbo encarnado,

En humanidad velado;

Gloria al Santo de Israel,

Cuyo nombre es Emanuel;

Canta la celeste voz:

"¡En los cielos gloria a Dios!"

 

Príncipe de paz eterna,

Gloria a ti, Señor Jesús;

Entregando el alma tierna,

Tú nos traes vida y luz.

Has tu majestad dejado,

Y buscarnos te has dignado;

Para darnos el vivir,

A la muerte quieres ir.

Canta la celeste voz:

"¡En los cielos gloria a Dios!"