Domingo 24 después de Trinidad

 

Recientemente, escuché a una mujer quejarse de una calamidad que le había ocurrido. Se preguntaba por qué le había tocado a ella vivir aquella situación y exigía una solución rápida. Es muy común escuchar este tipo de quejas y reproches que, siendo totalmente justificados, no hacen más que poner en evidencia el mal juicio con el que evaluamos al mundo. Normalmente, cuando nos quejamos de que algo malo nos ocurre, solemos sentirnos atacados por la adversidad; como si esto saliese de la nada. Es cierto, como vemos en el libro de Job, que en ocasiones las maldiciones que caen sobre nosotros no ocurren a causa de nuestra propia maldad. Aún así, no debemos perder la perspectiva de que todo mal proviene de la Creación. El hombre, como creación caída de Dios, está sumergido en el pecado y en la mayoría de los casos es la propia maldad humana, consecuencia de la caída en Adán, la que genera los perjuicios y desgracias. Ante estas adversidades, ¿qué podemos hacer? En primer lugar, confiar en quien es poderoso para ayudarnos a superarlas: en Jesucristo Hijo de Dios y segunda Persona de la Trinidad. En segundo lugar, los creyentes, los cristianos, debemos ser sal del mundo y ayudar a combatir las injusticias y a aquellos que las sufren.

Hasta que no llegue la redención plena con la segunda venida del Señor Jesucristo aún viviremos injusticias en esta tierra; pero en nuestra mano está la responsabilidad, como creyentes, de luchar contra ellas. ¿Acaso haría algo diferente Jesucristo? Aprendamos de su ejemplo.