31 de octubre, día de la Reforma

 

Mucho se está escribiendo desde hace unos días para aquí sobre la Reforma protestante. El motivo no es otro que la visita del Papa romano Francisco a Suecia para conmemorar, junto con la Federación Luterana Mundial, el 499 aniversario de la Reforma.

Normalmente suelo escribir estas reflexiones para ser publicadas en domingo, el día del Señor. Deliberadamente esta vez decidí que sería más correcto escribir el artículo el día de la Reforma. Sabiendo que el acto al que estaba invitado el Papa iba a traer cierto revuelo mediático, he esperado para escribir cuando me llegasen noticias.

Cuando uno lee el comunicado conjunto que la Federación luterana y los católico-romanos han firmado hoy tiene la sensación que ambas entidades están intentando pasar página a la historia. Sin lugar a dudas no es una mala estrategia, teniendo en cuenta que ambas estructuras eclesiásticas no pasan por sus mejores momentos. Los luteranos liberales se consumen y su peso social es nulo. El catolicismo romano pierde fieles y su estructura teológica externa está en constante cambio; para volverse ambigua y poder así absorber a la gente con algún tipo de religiosidad sin importar los dogmas. ¿Qué quieren conseguir ambas organizaciones con este “caminar en la unidad”? No debemos perder la perspectiva de un mundo cada vez más diverso; pero a la vez más sincrético. Donde cada uno de nosotros es único; pero a la vez toma prestado mucho de aquí y de allá. Esto también ocurre en la esfera espiritual. En el peor de los casos encontramos una apatía espiritual que suele rellenarse con una búsqueda insaciable de la felicidad o una resignación inconformista. En medio de esta ensalada espiritual y religiosa el catolicismo romano y el luteranismo liberal parecen querer reivindicar su espacio y recordar al mundo que aún existen. Parece que se disculpan de los errores del pasado y señalan al dogmatismo como fuente de todos los males. Lo cierto es que no fue el dogmatismo lo que genero el rechazo social hacia la religión establecida; fue la hipocresía y la rigidez moral desprovista de fe auténtica. Ahora nos quieren dar otro sucedáneo de cristianismo; pero esta vez es fe falsa desprovista de dogmatismo y sin rigidez moral. ¿Piensan que de esta forma la sociedad va a volver sus ojos hacia dos instituciones caducas?

Nuestro Señor Jesucristo nos llamó a vivir una fe verdadera. Una fe asentada en la Palabra de Dios, alimentada en la esperanza y demostrada en el amor. Esta fe no descansa en nuestros intentos de ser buenas personas, en nuestra respuesta a su llamado o en el deseo de unidad o fraternidad. La fe bíblica, la fe auténtica, descansa en la confianza en que la muerte y resurrección de Jesucristo es la única fuente de vida eterna y camino de salvación. No nos engañemos, nuestros buenos deseos no salvan a nadie. La humanidad está perdida y muerta en pecados y apatía espiritual, dispuesta a adorar y creer en cualquier cosa o en si misma: Lista para destruirse. Tan sólo la gracia de Dios puede sacarnos de nuestra muerte moral, espiritual y física y llevarnos a la vida eterna a través del único camino posible: Jesucristo.