Domingo 22 después de Trinidad

 

Hace unos días, hablando con una persona de mi trabajo, llegamos a un punto de la conversación en el que salió a relucir Dios. Según esta persona, dentro de un tiempo, un asunto determinado se dilucidaría si Dios quisiese. Acto seguido, esta persona rectificó y dijo que era mejor no meter a Dios en medio de todo aquello. Lamentablemente esta postura es bastante corriente incluso entre creyentes de cualquier religión. Para la mayoría, Dios no pasa de ser un ser que actúa sólo en una esfera limitada o espiritual. Los asuntos que ellos consideran «mundanos» están fuera de la esfera divina.

La visión que nos da la Biblia sobre Dios está totalmente alejada de una idea de un Dios apartado de las cuestiones ordinarias de su creación. Al contrario de lo que se cree o se desea, el Señor está siempre pendiente de lo que ocurre y nada sucede sin que esté detrás su divina Providencia. Este énfasis en recordar el papel de Dios en los actos cotidianos y en todo tipo de asuntos siempre ha sido responsabilidad de la Iglesia. Desde los tiempos de la Reforma protestante las iglesias de tradición reformada (calvinista) hemos enfatizado la soberanía y la providencia de Dios como doctrinas fundamentales. No se trata de algo que se hayan inventado los Reformadores: Ellos extrajeron de la Biblia estas maravillosas doctrinas.

Aquellos que intentan apartar a Dios de lo cotidiano están queriendo separar la divinidad de su creación. Muchas veces se hace por una «buena intención». Se cree que la creación es algo malo y degradante y Dios no puede estar preocupándose por cosas malas. Lo cierto es que la Escritura nos dice que no hay nada malo en lo creado, puesto que Dios lo creó bueno en gran manera (Génesis 1:31). Tras la Caída del hombre en Adán y Eva, la creación sufre del pecado igual que nosotros (Romanos 8:22). Desde entonces es imperfecta; pero aún así Dios está al cuidado de todo y está detrás de todo.

Al apartar a Dios de aspectos de la realidad creamos un dios-ídolo sin omnipotencia. Recordemos que, como el Señor Jesús dijo:«¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios. Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos pajarillos» (Lucas 12:6-7).