Domingo 21 después de Trinidad

 

Cuando examinamos las creencias y los comportamientos de las diferentes iglesias y congregaciones cristianas alrededor del mundo observamos que hay cierta disparidad. En la mayoría de los casos son diferencias menores en algunos aspectos doctrinales y éticos; pero, en otros, estas diferencias son tan evidentes que podemos preguntarnos si realmente esas congregaciones están adorando al mismo Dios.

En una iglesia local predican el arrepentimiento y el perdón, en otra un mensaje de salvación universal, y otra traslada un mensaje de odio hacia lo que se considera diferente. ¿Acaso todas estas iglesias pueden estar adorando a Dios, tal y como aparece en la Biblia, y poder mantener actitudes contrarias entre sí?

Juan Calvino, al inicio de su magna obra titulada «Institución de la religión cristiana», nos dice que el hombre es una fábrica de ídolos. Ciertamente, cada ser humano tiene la tentación de hacer a Dios a su imagen y semejanza. Nos esforzamos por ver al Creador a través del prisma de nuestra personalidad y a convertirlo en una versión «omnipotente» de nosotros mismos. ¡Qué lejos estamos de la realidad cuando caemos en ese pecado tan detestable! A decir verdad, no se trata de un pecado moderno; más bien es una antigua aspiración del ser humano pecador y caído. Ya Jacob, Israel, intentó modelar el carácter de Dios a su imagen, hasta el punto de luchar contra Él. El resultado no pudo ser más evidente; pero a la vez más triste para el patriarca: acabó con la cadera lisiada de por vida. Cada vez que intentamos modelar a Dios a nuestra imagen luchamos contra Aquel que es Todopoderoso y eso no deja de ser un intento inútil y ridículo.

Cada individuo se esfuerza para no dejar que el Espíritu Santo moldee su carácter y permeabilice su pensamiento. El pecado y Satanás se esfuerzan terriblemente para que no conozcamos la verdad. Nos falta la humildad necesaria para ir a la Palabra de Dios y conocer al Creador tal cual es. Es verdad que, como dice la Escritura, ahora conocemos como a través de un espejo (1 Corintios 13:12), de un sueño, indirectamente. No podemos acceder al carácter de Dios de manera directa; pero sí que podemos aprehendernos a la mente del Señor cuando estudiamos más y más el carácter de Cristo.

Jesucristo es el único ejemplo y reflejo exacto de  Dios (no obstante Él es Dios mismo, la segunda persona de la Trinidad) del cual podemos conocer de forma vívida su carácter, pensamiento y personalidad. A diferencia de lo que ocurre con las teofanías del Antiguo Testamento, en las cuales Dios se mostraba distante del hombre y en una esfera inaprensible, Dios se manifiesta en el Hijo de manera tan vívida y directa que cualquier hombre puede conocerle.

Cuando acudimos a la Palabra a buscar las características de Dios que encajan con nuestra manera de ser estamos pecando horriblemente. Queremos hacer de nuestro Creador un mero ídolo. Debemos tener la humildad suficiente como para dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de conocer el carácter último de Dios. Muchas veces podremos descubrir aspectos que nos maravillarán de nuestro Señor, otras veces nos resultaran sorprendentes y, por desgracia, en alguna ocasión, podrán chocar con nuestra visión de las cosas e incluso molestarnos. No pasa nada, es normal que nuestra naturaleza pecaminosa rechace aspectos del carácter santo de Dios. Lo que sí debemos tener presente es que no podemos dejarnos llevar por nuestra naturaleza e ignorar esos aspectos o pasarlos por alto.

Seamos capaces, por tanto, de acudir a la Biblia para conocer más y más de Dios sin intentar forzar su carácter para amoldarlo al nuestro. Sea nuestro objetivo vital, como dijo el Señor Jesús, conocer de Dios porque en eso consiste la Vida eterna: «Y ésta es la vida eterna: Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado» (Juan 17:3).