Domingo 20 después de Trinidad

 

Últimamente, gracias a las nuevas tecnologías y a la creciente libertad de circulación de la información, conocemos de más y más casos de escándalos de índole personal, sexual o financiera entre los políticos, famosos y otras personas en general. No es sorprendente ver cómo, poco después de conocerse el escándalo, las personas implicadas emiten comunicados o declaraciones pidiendo que se respete su «esfera privada». Incluso en muchos casos se apela a esa «esfera privada» para justificar que dicho tema salga del dominio público y se entierre por parte de la prensa. Evidentemente, detrás de esta actitud de privacidad subyace el verdadero motivo: esconder de los ojos del público aquello que se quería ocultar por considerarse negativo.

No debemos confundir el derecho a mantener en la privacidad elementos de nuestra vida, por motivos decorosos, con el intento de ocultar aquello que sabemos será reprobado por la sociedad. Cuando apelamos a la «esfera privada» para no permitir que la gente haga un juicio de valor de lo que hemos hecho mal estamos, en el fondo, queriendo establecer una nueva moralidad hecha, a la carta, por nuestra naturaleza pecaminosa.

Los actos ilícitos que se pretenden esconder tienen, en la Biblia, el nombre de «pecados». El pecado es la separación de Dios por la vulneración de su voluntad. Un Dios santo y perfecto no puede tener cerca al pecado, puesto que su naturaleza lo repele automáticamente. Cuando pecamos Dios nos expulsa de su comunión. Por mucho que queramos establecer una «esfera privada» no deja de ser una débil burbuja particular que Dios puede explotar con sólo soplar su juicio. Tan sólo el sacrificio de Jesucristo puede restablecer esta comunión. Los lazos rotos que nos unían a Dios son reparados por las manos horadadas en la cruz del Señor Jesús, cuando depositamos nuestra fe y confianza en Él.

Como cristianos no debemos dejarnos llevar por la corriente imperante de pensamiento políticamente correcto. Los pecados de los demás no deben ser ocultados y mantenidos en otra esfera, como si lo privado pudiera separarse de lo público. Somos una única persona, con diversas facetas (pública, privada...); pero que no están separadas en compartimentos estancos. Si un político incurre en inmoralidad sexual y engaña a su cónyuge también puede hacer lo mismo y engañar a los electores. Sírvanos el escándalo para juzgar hechos y buscar restauración; pero no para juzgar con ánimo destructivo.

En definitiva, cuando el pecador apela a la «esfera privada» está intentando decirle a Dios: «Mira, Tú aquí no te metas. No tienes nada que ver con esto. No quiero a Dios en mi vida». Debemos recordar que por mucho que intentemos expulsar a Dios de nuestra vida y ocultarle los actos pecaminosos que cometemos, el Señor Jesús dijo: «Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas, a la luz se oirá; y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas» (Lucas 12:2-3).