De vez en cuando, en momentos de calma y lejos de las preocupaciones diarias, se nos permite reflexionar acerca de nuestras vidas y mirar al pasado. En esas ocasiones podemos ver con ojos nostálgicos como los años pasan y nuestra vida discurre por caminos que quizás no podríamos haber imaginado. Para bien o para mal hemos tenido que abandonar sendas que nos gustaría haber transitado y tomar vías que no nos habíamos propuesto. Lo cierto es que muchas veces desconocemos como hemos acabado en un lugar o hemos evolucionado hacía una posición sin darnos cuenta.

 

Quien tenga la oportunidad de reflexionar sobre su vida le recomiendo lo haga con atención y deteniéndose a evaluar hasta donde ha sido capaz de emplearse en el servicio a Dios y al prójimo. Absorbidos por nuestras obligaciones y rodeados por un mundo lleno de estímulos y entretenimientos accesibles y baratos es fácil abstraerse y perderse en uno mismo. Esto no deja de ser un dulce y suave camino hacia el pecado. No digo que no sea bueno disfrutar de las bendiciones que nos da el Señor en nuestras vidas; pero hay que tener cuidado con transformar la existencia en una carrera por el placer y la distracción. Con esto sólo estamos dejándonos llevar por las mentiras de Satanás y apartándonos poco a poco de la senda estrecha que lleva al Cielo.

Otro gran peligro al que podemos enfrentarnos cuando evaluamos nuestra vida es el de encontrarla poco productiva o vacía. La falta de objetivos o el haber fracasado en la consecución de los mismos puede llevarnos a sentir frustración. Es fácil caer en la apatía y de ahí en la desesperación cuando los objetivos vitales han sido alcanzados o descartados y no ponemos otros en su lugar. 

Muchas veces me pregunto cual es el problema principal al que nos enfrentamos en nuestra sociedad del siglo XXI como personas del mundo desarrollado. La respuesta es simple y a la vez esconde una gran complejidad. Todos nosotros vivimos con la idea, inoculada desde pequeños por la gente que nos rodea, de que necesitamos ser felices y libres. No seré yo quien niegue que la felicidad y la libertad son valores que debemos buscar y establecer como metas vitales. Sin embargo muchas veces intentamos establecer por nosotros mismos formas y medios para alcanzarlas. La realidad es que a causa del pecado original no somos libres, si no esclavos. Esta realidad, que nuestra sociedad postmoderna intenta ocultar, es la que nos explica porque somos incapaces de lograr la libertad y la felicidad por nosotros mismos. Corremos tras espejismos y sueños inalcanzables que, en muchos casos, cuando se pierden o se consiguen no nos aportan mas que felicidad pasajera. Tan sólo cuando conocemos a Jesucristo alcanzamos la verdadera libertad y felicidad porque sólo en ÉL podemos ser verdaderamente auténticos.

Lamentablemente solemos adoptar diferentes papeles según el ámbito en el que nos movemos. Interpretamos el papel de esposos/as, padres/madres, hijos/as, compañeros/as, trabajadores/as y cuando nos adaptamos a este papel muchas veces renunciamos a expresarnos tal cual somos, a mostrar todo nuestro ser, nuestra alma. Hay cierto pudor y miedo a que sincerarnos nos traerá dolor y seremos débiles y vulnerables a los ataques de las otras personas. Lamentablemente esto es así en multitud de ocasiones a causa del pecado. Este pecado que nos destruye a nosotros y a quienes nos rodean. Este pecado que hace que la maldad mueva nuestras acciones, el egoísmo guíe nuestros pensamientos y la mentira sea moneda corriente.

Ante la presencia de Dios podemos sincerarnos y mostrarnos tal cual somos, sabiendo que el nunca nos rechazará por ser como somos. Dios demostró con creces el alto valor que tenemos cada uno de nosotros para ÉL dejando morir a su Hijo Jesucristo en la cruz para evitarnos a nosotros la muerte eterna y la condenación por nuestras faltas y pecados. Sabiendo que ante Dios podemos mostrarnos como somos, con nuestras debilidades, imperfecciones y cualidades podemos tener la tranquilidad de que no necesitaremos actuar para mostrarnos como no somos. Dios ama la verdad y detesta la mentira. La Biblia denomina a Satanás padre de la mentira (Juan 8:44). Dios nunca rechaza al corazón auténtico, ni quiere que finjamos ser lo que no somos o que cambiemos nuestra esencia por otra.

 

Por tanto cuando nos preguntamos cual es el sentido de la Vida podemos responder, como las Escrituras nos muestra, que es la libertad ; pero no una falsa libertad si no la que se fundamenta en la Verdad de Jesucristo. Una verdad que se nos revela cuando le presentamos todo nuestro ser desnudo al Creador y reconocemos nuestro pecado frente a su perfección absoluta y a cambio recibimos amor incondicional en la persona de Jesucristo. Por eso cuando buscamos el verdadero sentido de la vida podemos leer: Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y Jesucristo, quien has enviado. (Juan 17:3)

 

AMEN.