«Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día.» (Salmo 32:3)

El silencio muchas veces acontece como resultado del deseo de guardar para uno mismo aquello que duele o que sabemos que puede dañar. En otras ocasiones creemos que aquello que vamos a decir carece de valor. En definitiva callamos por una u otra razón y así lo único que conseguimos es que anidé en nosotros el ansia y la desesperación por liberarnos del silencio.

Cuando hablamos dejamos salir todo aquello que hemos guardado en lo más profundo de nuestro ser y sentimos alivio. Como el Rey David en este Salmo sentimos que el guardar silencio hace que enfermemos. Decir la verdad, hablar y en definitiva obedecer a Dios también con nuestra palabra proclamando su Palabra es el único remedio que nos sana. El camino para llegar hasta romper el silencio puede parecernos absurdo; pero detrás está la mano firme de la Providencia.