Lo bueno del mal

El libro de Job, el más antiguo del Viejo Testamento, relata la experiencia del santo judío Job mientras Satanás le quita a sus hijos, le roba sus bienes y le destruye su salud. ¿Cuál es el objetivo de las malas experiencias que sufrimos a lo largo de nuestras vidas?

 

Desde que tomamos conciencia de nosotros mismos nos damos cuenta de que continuamente somos acechados por problemas de muy diversa índole. Problemas familiares, económicos, morales... En muchas ocasiones se trata de verdaderas pruebas a nuestra fe, teniendo que elegir entre Dios o los hombres.

Pero hemos de dar gracias al Señor por estas pruebas, porque las pruebas «produce[n] constancia» (Santiago 1:2). Las tentaciones permiten pulir nuestra forma de actuar y perfeccionar nuestra confianza en Dios. Permiten avanzar en nuestro proceso de santificación y dar gloria a Dios delante de los demás de una manera más eficiente, especialmente ante los paganos.

Pero en ningún caso debemos pensar que no podemos vencer las pruebas a las que somos sometidos porque son superiores a nuestras fuerzas. Todas las podemos vencer, porque el único enemigo que tenemos en ella somos nosotros mismos, el pecado que anida en nosotros, que es el que nos impide triunfar sobre ellas sin ninguna dificultad.

Porque «cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos le arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte». (Santiago 1:14b-15).

Así pues, siguiendo el ejemplo de Cristo, hemos de reaccionar al mal conscientes de que su objetivo es dar gloria a Dios en nuestra reacción a él, a la vez que le pedimos ayuda para vencerlo siguiendo el ejemplo que nos dio cuando vino a este mundo a morir por nosotros para rescatarnos del pecado. Lo bueno del mal es, por lo tanto, el ejemplo que damos a los demás con nuestra reacción.