Con recto juicio

«Hermanos, no habléis mal unos de otros. Si alguien habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas la ley, ya no eres cumplidor de la ley, sino su juez. No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?» (Santiago 4:11-12)

Érase una vez un día cualquiera de un hombre cualquiera. Al volver del trabajo, tarde y cansado, decide encender la televisión. Hay más canales que nunca entre los que elegir. Unos y otros emiten el mismo tipo de programa con nimias variaciones. Los protagonistas de los programas un día están en un canal y otros en otro. Lo único común entre los diferentes canales es el chismorreo y la crítica.

Lo que acabamos de explicar no es una excepción en el día de hoy, sino la regla en centenares de millones de hogares del mundo. La televisión, que podía haberse utilizado para promover el bien -y, de hecho, algunos canales así lo hacen-, se ha convertido en una máquina de corrupción moral. Su carácter masivo ha permitido influir en miles de millones de personas, y con demasiada frecuencia no precisamente de forma positiva.

Santiago, el hermano del Señor, y autor del libro más antiguo del Nuevo Testamento, nos recuerda que no hemos de hablar mal unos de otros. El único juez es Dios, y es Él el único que tiene la potestad de juzgar y castigar a los que no cumplen lo que ordena. Pero esta instrucción no se restringe sólo al juicio entre hermanos -Santiago se dirigía a los creyentes-, sino a todos los hombres.

«No juzguéis a nadie, para que nadie os juzgue a vosotros. Porque así como juzguéis se os juzgará, y con la medida que midáis a otros, se os medirá.» (Mateo 7:1-2)

Alguien podría decir tras leer lo anterior. ¿No está el autor de este artículo juzgando a las personas que participan en los programas de televisión? ¿No prohíbe Cristo juzgar a los demás?

Como todo en la Escritura, no se puede aislar un versículo y analizarlo sin tener en cuenta el contexto del mismo y lo que dice toda la Biblia respecto a la misma temática. Porque Jesús, tras su admonición, dijo lo siguiente:

«¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no le das importancia a la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla del ojo”, cuando tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.» (Mateo 7:3-5)

¿No está Cristo criticando a los que juzgan a los demás haciendo lo mismo? También dijo que «por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16). ¿No nos está instando el Señor a juzgar los frutos de las personas para saber si vienen del Maligno? Y también dijo a sus discípulos: «No juzguéis por las apariencias; juzgad con justicia.» (Juan 7:24). Aquí reconoce de forma literal que podemos juzgar, aunque con justicia y no por las apariencias.

Y es aquí donde está el quid de la cuestión. Hemos de juzgar de forma justa y verdadera. La Escritura no condena la confrontación de quienes están en pecado, sino las acusaciones negligentes, despectivas, maledicientes e hipócritas hacia otros. En definitiva, todo lo que se separe de un juicio recto y justo es lo que los cristianos debemos evitar.