La televisión en el hogar cristiano

Los cristianos tenemos actualmente una gran variedad de medios tecnológicos para informarnos y entretenernos. Los principales son la televisión, la radio, los teléfonos móviles y los ordenadores. Pero la televisión sigue siendo el medio al que el público dedica más horas cada día. ¿Cuál es el uso que se ha de dar a la televisión en el hogar cristiano?

Hay que señalar que no hay ningún medio tecnológico que sea bueno o malo intrínsecamente. Pero sí que pueden ser buenos o malos los usos que se hagan de ellos. Y está claro que la televisión puede ser usada contra la voluntad de Dios.

Hay familias que encienden la televisión en cuanto llegan a su casa y la dejan encendida durante todo el día. No la dejan encendida porque la estén viendo durante todo el día -porque de lo contrario no harían otra cosa que verla-, sino porque no les gusta el silencio y necesitan «algo» de fondo, un ruido de fondo que les haga compañía. Evidentemente este hábito no es bueno.

En primer lugar, porque contribuimos a malgastar electricidad, lo cual contribuye a un aumento del gasto familiar. Y Dios nos ha ordenado gestionar nuestros recursos con prudencia. En segundo lugar, porque la existencia de un ruido de fondo impide la correcta comunicación entre los miembros de la familia, y distrae de los quehaceres cotidianos, contribuyendo a malgastar el tiempo (cf. Efesios 5:15-16). Y en tercer lugar, porque si la televisión está siempre encendida no podemos elegir lo que queremos ver, y esto es malo, porque quien toma el control de nuestro hogar es el responsable de la programación del canal que esté encendido y no nosotros, encendiendo y apagando el televisor cuando emiten algún programa que nos interesa.

Y este último es un punto muy importante. Es muy importante entender que somos nosotros quienes debemos controlar al televisor, y no el televisor quien ha de controlarnos a nosotros. No hemos de encender el televisor para ver lo que emiten, sino que hemos de encenderlo sabiendo lo que vamos a ver. Esto es algo fundamental, dado que la televisión tiene una gran capacidad de atracción y de distracción: si la encendemos sin saber qué vamos a ver, lo más probable es que acabemos viéndola sin darnos cuenta durante un largo tiempo. Por ello, hemos de consultar antes lo que queremos ver y encenderla sólo para ver ese programa en concreto.

Finalmente, es evidente que los anteriores puntos están presididos por la máxima de que la programación que hemos de ver en la televisión ha de ser compatible con la fe cristiana y con la voluntad de Dios. Esta restricción disminuye considerablemente la programación que puede ser vista en nuestros hogares, pero es la televisión la que ha de estar sometida a nuestra fe cristiana y no nuestra fe cristiana a la televisión. Por lo tanto, lo más probable es que únicamente podamos ver informativos no sensacionalistas y programas educativos, culturales y religiosos. Y aún así tendremos que informarnos del enfoque con que van a tratar cada tema antes de decidir si queremos verlo, dado que Satanás se disfraza de ángel de luz y podemos encontrarlo en cualquier lugar (cf. 2 Corintios 11:14).

Así pues, la televisión no es un medio intrínsecamente malo, pero se puede usar para el mal. Hemos de ser conscientes de que sólo la hemos de encender para ver un programa en concreto y que este programa ha de ser compatible con la Palabra de Dios.