La religión de la familia

El Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha sentenciado recientemente que el matrimonio homosexual es un derecho constitucional. ¿Cómo afecta esto a los cristianos que están en contra del matrimonio homosexual y a la visión que las personas externas a la Iglesia tienen de los cristianos?

El Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha declarado que dos personas del mismo sexo tienen igual derecho a contraer matrimonio que dos personas de sexo diferente. Dado que la lucha contra el matrimonio homosexual ha sido el centro del activismo cristiano en Estados Unidos en la última década, esta sentencia ha supuesto un duro y grave revés contra aquellos cristianos que han centrado sus esfuerzos en impedir que el matrimonio homosexual pudiera existir en ese país.

Tras hacerse pública la sentencia fueron muchos los cristianos eminentes que llamaron a la calma. Y es que hay que reflexionar seriamente acerca de lo que hemos hecho los cristianos, tanto los que están a favor como en contra del matrimonio homosexual, y también acerca de lo que hemos de hacer a partir de ahora, en el contexto de una sociedad en la que ya no somos mayoría y en la que tenemos una influencia muy limitada.

Desde Peregrino Reformado siempre hemos defendido que la homosexualidad no está condenada en la Biblia, y que los versículos que comúnmente se citan para demostrarlo están, o bien traducidos incorrectamente en algunas versiones, o no son interpretados correctamente. Esto no obsta para que, como cristianos reformados, asistamos con preocupación a la desorientación que la sentencia ha causado en muchos cristianos, que al parecer habían hecho de la defensa del matrimonio heterosexual el núcleo de su fe cristiana.

Los cristianos hemos de ser conscientes de que ya somos una minoría en el mundo desarrollado. Debemos tener esperanza de que algún día los cristianos seamos mayoría, y debemos trabajar para ello, pero Cristo ya dijo que seríamos un rebaño pequeño (cf. Lucas 12:32). Hemos de centrarnos en la vivencia de nuestra fe, en la predicación, en la evangelización. Pero centrarnos en el ataque constante no nos ayuda a evangelizar. Esto no quiere decir que no luchemos contra el pecado, sino que hay que luchar contra el pecado dándole un enfoque que genere menos resistencias a nuestra fe.

Hemos de abandonar la religión de la familia y unirnos a la religión de Cristo; hemos de defender a Cristo, que es nuestra verdadera familia. Familias hay muchas, mejores y peores. Cristo no tuvo hijos ni se caracterizó por tener una relación muy estrecha con su familia. Porque para Él «[su] madre y [sus] hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lucas 8:21). Él ha venido a traer conflicto dentro de la familia: «al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra» (Mateo 10:35). No consideraba que la familia era el núcleo de la fe cristiana, Él lo era y Él lo es.

Las familias no nos salvan. Las familias nos pueden decepcionar. Cristo salva y nunca decepciona. Dejemos la religión de la familia y unámonos a la religión de Cristo.