Salvados por la apariencia

Vivimos en la era de las apariencias. La apariencia es muy importante para tener pareja, amigos o trabajo. Pero es posible que hayamos pasado el límite y nos estemos centrando a la apariencia como un fin en sí mismo, sin importarnos si hay algo debajo. Porque la apariencia muchas veces hace ver algo que no existe. Y algunos cristianos también lo hacen.

Pese a que nos encontramos en una era poscristiana, los fariseos son un colectivo conocido no sólo por los cristianos, sino también por aquellas personas que no lo son. Y no son un colectivo precisamente con buena prensa. Tampoco entre los cristianos. Pero pese a la opinión general sobre este antiguo colectivo judío, seguimos poniendo en práctica algunas de las prácticas que con tanta fruición denunció Jesús hace ya más de dos mil años. Muestra de que no hemos cambiado nada desde entonces. Nada nuevo bajo el sol (cf. Eclesiastés 1:9).

A los fariseos les encantaba aparentar. Les gustaba orar en público, en primera fila. Les gustaba ser los mejores. O más bien que los demás pensaran que eran los mejores, los mejores judíos. Y que los demás eran inferiores a ellos. Pensaban que la apariencia, el sepulcro blanqueado, les iba a salvar.

Lamentablemente algo muy parecido ocurre en algunos cristianos. El mundo es pecador, es terrible. Nos intentan influir, y lo consiguen, a través de sus medios de comunicación. A través de sus productos. A través de sus conversaciones. A través de sus imágenes. A través de la política. Y queriendo desechar el mal, lo hacemos también con el bien.

Pues, ¿no hay iglesias que consideran que un hombre con barba es pecador? ¿No hay cristianos que consideran que que una mujer lleve pantalones es pecado? ¿No hay pastores que afirman que los cristianos no pueden ver la televisión? ¿No hay iglesias en las que se predica que los cristianos no pueden escuchar música moderna?

Cristo no necesita monjes, ni en el desierto ni tampoco en la civilización. No podemos desechar lo bueno queriendo rechazar lo malo. Todo lo anterior sólo es pecado, malo para la salud espiritual, perjudicial para nuestro crecimiento espiritual, si lo hacemos con intención de pecar y contra nuestra conciencia.

No es pecado ver la televisión, es pecado ver programas pecaminosos en la televisión. No es pecado que las mujeres lleven pantalones. Es pecado que las mujeres lleven pantalones con intenciones pecaminosas. Porque los objetos no pecan, fue Adán, y con él todos los hombres, los que pecamos. Y pecamos si ésa es nuestra intención. Y eso no depende de nuestra estética, de nuestra ropa, de nuestros hábitos o de nuestras aficiones. Eso depende de nosotros.

No nos vamos a salvar porque no veamos la televisión o porque no escuchemos música moderna. Eso es lo que dirían los fariseos hoy. Nos salvaremos cuando confiemos de verdad en Cristo. Y confiar en Cristo nos hará dejar todo aquello que nos induzca al pecado. Pero será la fe, y no las obras, lo que nos salve.