¿Dentro o fuera del mundo?

Desde tiempos muy antiguos los cristianos han sentido la necesidad de aislarse del mundo para poder dedicarse únicamente a la contemplación divina. En los primeros siglos del cristianismo, miles de cristianos se fueron a los desiertos del norte de África y de Oriente Medio con el fin de aislarse y poder adorar a Dios sin ninguna distracción. Había tantos que el emperador Valente llegó a limitar el número de hombres que podían convertirse en monjes.

Los monjes, ermitaños y anacoretas que en los primeros siglos después de la muerte de Jesús se aislaron en parajes inhóspitos no sólo lo hacían para poder adorar a Dios sin ningún impedimento, sino también para evitar las tentaciones a las que se veían sometidos día a día viviendo entre los paganos en las populosas ciudades del Imperio Romano. Pero pese a esto, el pecado permanecía en ellos, por lo que el aislamiento no les impidió pecar -ni a ellos ni a ninguno de sus sucesores aún hoy en día- incluso aún más gravemente que si se hubieran mantenido en el mundo (cf. Lucas 11:24).

Y es que Jesús no nos dijo que nos separáramos del mundo. Nos dijo que lo evangelizáramos, que fuéramos la sal del mundo (cf. Marcos 16:15, Mateo 5:13). Pablo nos dijo que examináramos todo y que retuviéramos lo bueno (cf. 1 Tesalonicenses 5:21), no que nos aisláramos.

Pese a esto, es muy probable que los cristianos tengamos que vivir en el mundo, aunque manteniendo una cierta distancia con él. No podemos llevar la misma vida que los gentiles, por lo que no podemos frecuentar los mismos sitios ni hacer las mismas cosas que ellos. Pero hemos de estar ahí, recordándoles siempre, de forma activa (predicación) y pasiva (ejemplo) que Cristo es Dios y que nos salvó de nuestros pecados, algo mucho más difícil que vivir en un lugar aislado sin relacionarse con nadie. Pero Cristo nos pidió la perfección, así que nadie dijo que fuera fácil.