«[…] tú que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas contra el robo, ¿robas?» (Romanos 2:21)

 

El apóstol Pablo, prolífico escritor, aunque no por ello de menor calidad, nos obsequia en su carta a los Romanos –la primera que se presenta en el Nuevo Testamento, aunque no es la primera que escribió- con esta magnífica y certera, puntillosa y a la vez audaz, aguda y a veces tan poco evidente cita que acompaña a este breve artículo.

Y aunque se refería a los judíos, compañeros suyos de sangre, no es menos cierto que es aplicable hoy a muchos cristianos. Y no es otra cosa que algo tan cierto y lamentable como la falta de coherencia y de ejemplo de nosotros, los cristianos, entre aquello que decimos y hacemos, o que decimos que hacemos pero no hacemos; o peor, que decimos que los demás han de hacer pero ni aún nosotros nos sometemos a ello. «Atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas» (Mateo 23:4) decía Jesús de los fariseos. Y es que al final hemos acabado siendo como ellos, sino peores.

¿Y qué podemos hacer?

La solución a este problema no es fácil. Todos los cristianos lo sufrimos diariamente, como personas adictas al pecado desde la caída de Adán en el Edén. Ciertamente, la perfección es patrimonio del mundo venidero, pero no por ello hemos de desertar de intentar parecernos cada vez más –con la ayuda de la gracia- a Jesús.

En primer lugar, hemos de identificar cuáles son los puntos en los que hemos de mejorar. Para ello, podemos combinar la ayuda de Dios, en oración, y la ayuda de una persona de confianza.

En segundo lugar, y una vez identificados, hemos de abordarlos uno a uno, identificando las causas por las que pueden estar produciéndose, y las medidas a tomar para intentar minimizarlos.

Así, por ejemplo, en el caso de que no podamos prestar atención a nuestros seres queridos, tal vez la causa sea que tenemos demasiadas cosas entre manos, que intentamos abarcar demasiado. Tal vez disminuyendo el tiempo dedicado a algunas tareas de poco valor añadido podamos prestarles más atención y cumplir con nuestra obligación cristiana de atender a nuestra familia.

En fin, son muchos los comportamientos que podemos tener que difieran de lo que Dios prescribe para los cristianos, pero con la ayuda de Dios siempre podremos corregirlos. Porque, como dijo también el gran Apóstol: «todo lo [podemos] en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13).

¿Estás dispuesto a comenzar?