¿Viva el papa?

Tras la noticia de la renuncia del papa Benedicto XVI y el nombramiento del nuevo papa Francisco I hemos podido observar reacciones de todo tipo y origen. No deja de sorprender que entidades como la «Alianza Evangélica Mundial» o la «Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina» hayan tenido palabras de satisfacción y alegría por la elección del nuevo papa. Más comedidas y justas han sido las reacciones de otras entidades protestantes, como la «Alianza Evangélica Española» o la «Alianza Evangélica Italiana». Pero sin lugar a dudas la reacción más sorprendente y más extraña ha sido la del evangelista argentino Luis Palau, que ha descrito al papa como «un hombre centrado en Jesucristo que lee la Biblia todos los días».

Como cristianos tenemos la obligación de respetar a aquellos que no comparten nuestras convicciones, pero en este caso las declaraciones no se han limitado a la mera cortesía, sino que ha habido una satisfacción que muestra que no rechazan rotundamente la institución del papado; institución que, recordemos, no sólo no está en la Palabra de Dios, sino que usurpa funciones reservadas a Dios.

Aquellos que lanzan elogios hacia la figura del papa Francisco, entre los cuales se encuentra el propio Palau, que lo incluye entre el grupo de cristianos, no han entendido el significado de la Reforma protestante y el papel de la Biblia como única fuente de doctrina.

Si algo marcó la historia de la Iglesia fue el trabajo entregado y sufrido de los Reformadores. Este grupo de obreros de Dios, movidos por su amor a Cristo y a su Palabra, impulsaron la libertad de la Iglesia; Iglesia que se encontraba cautiva en manos de la institución que se ha dado en llamar iglesia católica romana.

Para los Reformadores la Biblia supuso la fuente de la fe. Indudablemente ellos buscaron a Nuestro Señor Jesucristo en la Palabra; pero sin dejarse engañar por las tradiciones humanas y las doctrinas paganas que se habían ido adjuntando a la fe cristiana a lo largo de los siglos. El liberarse del lastre de la iglesia papal supuso la libertad del cristiano y la gloria de la Iglesia, que ya podía expresarse libremente conforme a lo que Cristo había ordenado.

Los Reformadores, con su retorno a la Palabra, redescubrieron que sólo Cristo es nuestro Pastor y Obispo (1 Pedro 2:25), que sólo hay un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo (1 Timoteo 2:5) o que todos los creyentes somos sacerdotes (1 Pedro 2:9) y que, por tanto, el sacerdocio exclusivo del Antiguo Testamento ha pasado (léase la epístola a los Hebreos).

Por tanto, a pesar de lo que pueda parecer y de las buenas intenciones o la maravillosa impresión que pueda dar un papa «humilde» como Francisco I, no podemos olvidarnos que actua como usurpador de las funciones de Nuestro Señor Jesucristo. Desmontar la institución papal es lo que revelaría realmente que ha entendido la Palabra que dice Luis Palau que ha leído.

No podemos obviar que su título es el de Pontífice, exclusivo de Nuestro Señor; que le llaman vicediós o vicecristo, en un acto de blasfemia intolerable. También hemos leído que la iglesia romana necesitaba un pastor que diera su vida por sus ovejas, refiriéndose al nuevo obispo romano.

En definitiva, que un hombre con apariencia de cristiano no puede aceptar colocarse en lugar de Nuestro Señor, ya que como está escrito eso sólo lo puede hacer un hijo de perdición como del que nos habla Pablo:

«Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el "hombre de pecado", el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios. ¿No os acordáis que cuando yo estaba todavía con vosotros, os decía esto? Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene, a fin de que a su debido tiempo se manifieste. Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás» (2 Tesalonicenses 2:3-9)