El peor enemigo del cristianismo

Leía ayer un artículo del pastor Albert Mohler en el que hablaba de uno de los peligros que atacan al cristianismo y que no es otro que los «valores cristianos».

Puede que a muchos lectores pueda sonarles contradictorio. Cómo la vivencia de unos valores que emanan de la Palabra de Dios puede atentar contra esta misma Palabra de Dios y el Verbo encarnado (Cristo).

La realidad es que vivir una vida de religiosidad y moral y creer que esto es ser cristiano es un grave error en el que han caído generaciones enteras. No sólo es un peligro individual si no que en épocas y momentos de la historia, la Iglesia ha estado a punto de ser engullida por los «valores cristianos».

Miles de personas creen que profesan el cristianismo por vivir y criar a sus hijos en los «valores cristianos»; viven vidas de religiosidad calculada e imitación de la vida de Cristo: de esta manera creen que ayudan a difundir el mensaje de Jesucristo, a engrandecer la Iglesia y a preparar a las nuevas generaciones para Cristo.

Desgraciadamente, no pueden estar más equivocadas. La realidad es que esta manera de vivir adormece a muchas conciencias y las prepara para abrazar el ateísmo y la indiferencia religiosa. En ningún sitio de la Biblia leemos que ser cristiano consiste en vivir unos valores; el cristianismo es algo mucho más profundo: es una relación de profunda dependencia del hombre con Dios.

Todos nosotros estamos viciados por el pecado, no somos capaces de hacer siempre el bien y cumplir con la voluntad de Dios. Nos es imposible amar al prójimo como a nosotros mismos siempre y, además, muchas veces ni nos amamos a nosotros mismos. Es por ello que Cristo murió por nosotros: para pagar por la culpa que nosotros arrastramos a causa de nuestras malas acciones y pecados.

Además, sabiendo que Jesucristo ha pagado y logrado nuestro rescate, ahora podemos aferrarnos a Él para que interceda por nosotros ante el Padre, para que perdone nuestras faltas y pecados. También sabemos que nos envía al Espíritu Santo para que podamos apartarnos del mal, para que nos arrepintamos cuando hacemos daño a alguien o pecamos. Así, reconociendo nuestra impotencia y que no somos nadie delante de Dios, humillados y mansos a Sus pies, podemos contemplar Su rostro lleno de amor por nosotros.

Entonces, agradecidos, podremos vivir los valores cristianos. Si vivimos los «valores cristianos» antes de que realmente tengamos una relación con Dios, de que hayamos sido llamados y limpiados por Cristo, nuestra fe está vacía y nos espera la muerte eterna en el Infierno. Si lo que transmitimos a nuestros hijos y a la sociedad es que hay que vivir en «valores», entonces les estamos condenando a que una y otra vez se estrellen contra la realidad: por ellos mismos nunca vivirán vidas virtuosas, acabarán fracasando y abandonando estos «valores cristianos» y, lo que es peor, tras la muerte, viviendo una vida eternamente separada de Dios en el Infierno.

Si, por el contrario, enseñamos a nuestros hijos y a la sociedad en qué estado tan deplorable se encuentran (presos del pecado y destruyéndose unos a otros henchidos de egoísmo) realmente les encaminaremos hacia la búsqueda de la Salvación: Jesucristo.