Una reforma integral

Gracias a Dios, cada día se predica el Evangelio a más y más personas alrededor del mundo. Es cierto que los siervos de Dios pasan por innumerables situaciones que les llevan a hablar de Cristo y su Palabra, en muchos casos, en duras circunstancias.

Muchos ministerios se contentan con hablar de la salvación del hombre en Cristo Jesús. Ni que decir tiene que se trata del fin más importante que ha de perseguir la Iglesia. No obstante la Biblia nos dice que hemos de ir a las naciones y hacer discípulos (Mateo 28:19). No se trata únicamente de facilitar las herramientas para que la humanidad reciba el llamado de Dios, se arrepienta de sus pecados, se convierta a Cristo y se salve. Hay mucho más en un discipulado. Es necesario continuar acompañando a la gente en el devenir de su vida y apoyarle en el crecimiento espiritual, que los teólogos llaman santificación. En todo momento vamos a tener al Espíritu Santo trabajando en la persona para transformarla y adaptarla al carácter de Cristo (respetando, evidentemente, su personalidad propia); pero va a ser necesario de la ayuda de los ministros y obreros de Dios para ello.

Es gravemente irresponsable fijarse únicamente como meta eclesial la conversión de la persona y abandonar el resto de esferas. Tan necesario como nacer de nuevo es crecer en santidad, ya que en palabras del apóstol «sin santidad nadie verá a Dios» (Hebreos 12:14). La santidad afecta a esferas tan dispares como nuestra vida en pareja, la economía personal, las relaciones públicas y personales, nuestros gustos y aficiones, el reparto del tiempo, el cuidado del cuerpo, la sexualidad y un largo etcétera. Para muchos el ocuparse de esto puede parecer inútil o legalismo; pero como reformados (calvinistas) tenemos que tener presente esta importante realidad: nuestra vida existe únicamente para adorar a Dios y amar al prójimo.

Si no somos capaces de reformar totalmente nuestra conducta debemos preguntarnos por el estado de nuestra salvación porque corremos el riesgo de no haberla logrado nunca. Sabemos que la fe es un don que Dios otorga a quien quiere y que mediante esta fe nos beneficiamos de la obra de Salvación que Cristo Jesús efectuó en la Cruz. Esta Salvación nos llega como un regalo de Dios cuando Él mismo nos hace ser conscientes de nuestra situación de pecado y muerte eterna al oír de su Palabra. De la misma forma mediante el Espíritu Santo nos ayuda a crecer y aumentar nuestra santidad para que no caigamos en las garras de Satanás.

Una de las causas más evidentes de frustración en la vida de los cristianos es la falta de santidad aparente. Cuando buscamos las causas podemos encontrar múltiples factores que contribuyen a la falta de ella. En primer lugar, el abandonar la comunión con otros cristianos es uno de los elementos que contribuyen al relajamiento de las conductas; en segundo lugar, la falta de oración con Dios; en tercer lugar, no leer suficientemente las Escrituras y así hasta un largo etcétera. Como Iglesia estamos obligados a asistir al cristiano en su proceso de santificación y es tarea prioritaria proveer los medios para que ésta se consume: La comunión, la lectura de la Biblia y la oración.

En próximas entregas analizaremos la importancia de estos tres factores.