La independencia del cristiano

Cuando los seguidores de Cristo han buscado cobijo en el poder del Estado siempre ha sufrido la pura y prístina religión cristiana, convirtiéndose el cristianismo en una mera caricatura irreconocible de sí mismo.

Así sucedió en la Antigua Roma, cuando el cristianismo devino religión oficial del Imperio. También sucedió tras la Reforma, cuando las iglesias luteranas nacionales eran una parte más de los Estados nórdicos.

Los resultados de estos dos hitos históricos los conocemos: la antigua religión cristiana acabó, después de muchos avatares históricos, siendo lo que actualmente es la iglesia romana y las iglesias llamadas ortodoxas de Oriente (mezclas de cristianismo y paganismo); mientras que tras la nacionalización de las iglesias luteranas en el norte de Europa éstas acabaron en la insignificancia más absoluta, abandonando su primera fe en Cristo y acabando en un estado que habría horrorizado al mismo Lutero. Gracias a Dios, muchos santos se dieron cuenta de esta situación ya hace muchos siglos y fundaron denominaciones que abogan ampliamente por la separación entre la iglesia y el Estado y, por tanto, por la pura religión. Ejemplos hay muchos: presbiterianos reformados, bautistas, pentecostales, asambleas de Dios… Todos con características especiales pero convencidos de que Cristo no quiso que la Iglesia se juntara en «yugo desigual» (2 Corintios 6:14) con el mundo.

Es por todo esto por lo que me sorprende que algunos hermanos aún no hayan comprendido lo importante que es que el Estado no se entrometa en nuestras iglesias. En el programa «Buenas noticias TV» (web oficial) emitido hoy por «La 2» de Televisión Española (TVE) se condolían de que no hubiera asistido ningún político (excepto un cesante Director General de Asuntos Religiosos) al primer Desayuno Nacional de Oración en España. Según las palabras de éste último en el programa, aún había que avanzar más en algunos aspectos en la relación entre las iglesias evangélicas y el Estado, tales como la financiación o la educación religiosa en las escuelas públicas.

Es evidente que a los políticos españoles no les importan nada los evangélicos, porque somos un número muy pequeño y, además, hemos renunciado de facto a tener influencia, teniendo en cuenta que muy pocos evangélicos parecen tener en cuenta su fe en el momento de insertar el voto en la urna. Es por ello que ni se molestan en guardar las apariencias y presentarse en el Desayuno Nacional de Oración al que han sido invitados. Pero que no lo hagan ya nos va bien, de esta manera obtenemos una enseñanza práctica de aquello que dice el salmista: «no hay justo, ni aun uno» (Salmo 14:1-3; 53:1-3; cf. Romanos 3:10).

No debemos buscar que los políticos vengan a nosotros. Lo que nosotros tenemos que hacer es expandir el Reino –tal y como nos ordena la Palabra- y, a partir de ahí, si los políticos quieren hacernos caso, mejor para ellos; pero en ningún caso tiene que ser nuestro objetivo atraer a políticos, sino que tenemos que centrarnos en nuestra labor apostólica y todo lo demás «vendrá por añadidura» (Mateo 6:33).

Finalmente, creo firmemente en la separación entre la Iglesia y el Estado, porque ésta beneficia a las iglesias y lo contrario beneficia al Estado. Es por ello que la financiación de la iglesias debe ser directa –los fieles a su iglesia local- y no debe haber un intermediario como el Estado. Con este intermediario lo único que se consigue es que el fiel se desvincule de la financiación de su iglesia (dado que la relación no es directa), y la iglesia esté más atenta a cómo contentar al Estado que en que la iglesia funcione correctamente y sea fiel a Cristo.

Tampoco creo que sea bueno que se imparta clase de educación cristiana en los colegios públicos. ¿Qué temario se impartirá? ¿Será cristiano el profesor? ¿Los padres podrán controlar realmente qué se les enseña? ¿No es mejor que la educación se realice en un contexto como la iglesia en los domingos, tal y como se ha realizado siempre? Además, la educación religiosa que se imparte en los colegios no es, en ningún caso, una catequesis, por lo que lo máximo que podrán recibir será una doctrina cristiana descafeinada que desvalorizará al cristianismo.

Así pues, teniendo en cuenta los acontecimientos históricos que nos demuestran que la búsqueda de influencia religiosa a través del Estado ha resultado siempre en perjuicio de la religión cristiana, lo mejor es seguir lo que dijo el Señor Jesús hace dos mil años: que no hace otra cosa que decirnos lo que aún no queremos obedecer: «Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios» (Mateo 22:21).