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Se están acercando las fechas de la Semana Santa o Pascua y algunos españoles vuelven a recuperar su esfera religiosa y, como en la mayoría de países católico-romanos, se suman a las manifestaciones de religiosidad popular en forma de procesiones.

Para muchos, este acercamiento anual a la fe de sus padres parece retrotraerles a un pasado de misterio y misticismo que les trae paz a su vida, aunque sea por unos días. Manifestaciones de este tipo siempre han tenido lugar a la largo de la historia de la humanidad, ya sea en el antiguo Egipto, en Babilonia o incluso en el moralmente corrupto Israel del período de los reyes. En todas estas culturas la gente buscaba en la religiosidad y en las manifestaciones externas colectivas una especie de reconfortante paz que parece emanar de los rituales ancestrales.

En la Palabra de Dios leemos de los rituales en el Templo durante el período del Israel antiguo y nos sorprende ver qué poca implicación otorga Dios a los fieles. A excepción de las festividades conmemorativas, se trata más de ritos de purificación y expiación sacerdotal que de manifestaciones populares de piedad.

Lo cierto es que estas manifestaciones, en las que aparecen imágenes y una fe superficial, están mucho más ligadas al mundo pagano que al Israel de Dios. No es de extrañar, por cuanto la Ley, en concreto los Mandamientos de Dios, prohíbe expresamente la construcción, adoración y veneración de imágenes. No fue hasta que se introdujo la corrupción religiosa en Israel que el pueblo empezó a dar culto a dioses ajenos en forma de estatuillas. A buen seguro que aquellas gentes sintieron en su interior que esa idolatría les daba paz y seguridad; pero la realidad era que el Dios verdadero acumulaba causas contra ellas.

Cuando leemos en el Antiguo Testamento el comportamiento idólatra de Israel nos maravillamos que un pueblo que gozaba de una comunión tan directa con Dios, en su Templo y en su historia, pudiera abandonarlo y cambiarlo por una estatuilla de barro o una talla de madera. Desgraciadamente, cuando el hombre no encuentra en Dios la respuesta que quiere busca en el autoengaño y en las divinidades inventadas aquello que quiere oír.

En la Semana Santa católica-romana muchas personas también van a buscar en ese ídolo en procesión la respuesta a sus problemas, como aquel que pide un deseo a un genio, no esperando oír lo que Dios tiene que decirles en sus vidas, sino esperando que ese ídolo mudo dé respuesta a sus problemas (con la respuesta que uno mismo quiere).

En definitiva, el problema de la humanidad no es que no busque la religiosidad o crea en la divinidad; el enorme problema, que demuestra la triste condición de un ser humano esclavo del pecado, la mentira y Satanás, es que busca respuestas preconcebidas en dioses fabricados.

Si este año tú también vas a buscar consuelo en la religiosidad popular, esperando recibir las respuestas que tú mismo ya has elaborado, antes medita un momento, detente en pensar qué es de tu vida y que has hecho con ella y vuélvete al único Dios que verdaderamente tiene algo que decirte. Toma la Santa Biblia y léela, reflexiona en el verdadero significado de la muerte de Jesucristo en la Cruz (que nada tiene que ver con el desfile de una imagen de un hombre moribundo) y descubrirás a un Dios de amor que envió a su Único Hijo a morir en la Cruz para que tú no acabases muriendo, en pecado y sin esperanza, y yendo al infierno. Frente a la imagen muda que transmite muerte y dolor está el dolor y la muerte viva de Jesucristo que transmite paz, esperanza y salvación en su resurrección a todo aquel que lo reconoce como Salvador y Señor.