La felicidad

Conseguir ser feliz ha sido desde tiempo inmemorial uno de los objetivos de todo ser humano. Ha sido motivo de discusión recurrente en toda la literatura desde tiempos antiguos pero, pese a esto, sólo una minoría de personas ha sido y es capaz de conseguirlo. ¿Cómo lo hacen?

En el mundo actual, nos dicen que son más felices aquellos que tienen más dinero, que tienen más propiedades, que tienen más poder y frecuentemente también aquellos que son más promiscuos sexualmente. En multitud de ocasiones, aquellos que no se amoldan a este parecer, son mirados como personas extrañas que no saben en qué tiempos viven.

Por desgracia para los que apoyan este tipo de tópicos, la experiencia nos demuestra que la realidad es la contraria a la que afirman. Las personas que tienen mucho dinero, mucho poder o que tiene multitud de parejas sexuales no son más felices, sino que son infelices que no saben qué hacer con su vida y frecuentemente acaban siendo muertos vivientes, sin ningún objetivo más que la autodestrucción mediante este tipo de prácticas.

Desde que el pecado entró en el mundo, Satanás nos ha estado diciendo que el pecado nos hará felices, por lo que a los cristianos no nos debería sorprender que haya una gran parte de la población que crea que pecar les va a hacer más felices.

La Escritura es sencilla y clara al respecto: nos dice que tenemos siempre que hacer la voluntad de Dios, y que sólo así seremos felices: porque haremos aquello para lo cual estamos diseñados por nuestro Creador. El pecado nos hará personas desgraciadas, mientras imitar a Cristo y hacer su voluntad nos hará felices.

Así pues, tenemos la llave la felicidad a nuestro alcance. Sólo hace falta pedir a Dios que nos ayude para poder hacer su voluntad.

«Cuida de poner [los mandamientos] por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel» (Deuteronomio 6:3).
«Guardad cuidadosamente los mandamientos de Jehová vuestro Dios, y sus testimonios y sus estatutos que te ha mandado. Y haz lo recto y bueno ante los ojos de Jehová, para que te vaya bien» (Deuteronomio 6:17-18).