Yo sé que mi Redentor vive

«Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí» (Job 19:25-27).

La Gracia de Dios sigue siempre derramando bendiciones en la vida de los hombres. Muchas veces nos preguntamos, como creyentes, dónde está la mano de Dios cuando pasamos por malos momentos. El error estriba en la formulación de la pregunta. Lo que realmente deberíamos preguntarnos es dónde estamos nosotros cuando las cosas nos van mal.

Está claro que para el no creyente su vida discurre muy alejada de Dios; pero a veces ocurre lo mismo con la vida del cristiano. Lo que nos diferencia de los no creyentes no es nuestra actitud si no la obra de la Gracia de Dios actúando en nosotros. Es la obra de Jesucristo en la cruz la que nos permite ser diferentes al resto.

Jesucristo en tanto que Hijo de Dios fue obediente y perfecto a los ojos del Padre. Nosotros no dejamos de ser criaturas caidas que, en el intento de escapar de este sucio pantano que es el pecado, acabamos revolviéndonos en el cieno de la maldad, el error y la culpa. En este sentido, aún cuando hemos sido rescatados por Cristo Jesús, parece que sentimos cierta atracción por esa suciedad del pecado. Es como si nos empeñásemos, cual niños pequeños, a ensuciar la impoluta ropa que llevamos y que nuestra madre ha lavado con esmero. El Señor Jesús ha lavado en su sangre las ropas de nuestra alama, ha limpiado todo pecado cargando Él con ellos y dando satisfacción en la Cruz en lugar de nostros.

En muchos casos el sufrimiento del creyente no deja de ser un proceso doloroso mediante el cual Dios Todopoderoso se encarga de purificarnos de nuevo, limpiándonos de las faltas diarias en ese proceso que los teólogos llamamos santificación.

Cuando pasemos por tribulaciones hemos de pensar en que hemos hecho primero para llegar hasta ese punto; es muy probable que encontremos la causa y veamos la mano de Dios ayudándonos en un proceso doloroso de aprendizaje. En algunas ocasiones quizás no hayaremos causa y estaremos como Job a la espera de que nuestro Salvador venga a darnos una explicación que escapa a la razón.

En definitiva, siempre que sintamos el amargo bocado de Satanás en nuestras vidas volvamos a la Gracia de Dios y pidamos con lágrimas en los ojos que el Crucificado vuelva a sacarnos de esa situación con su mano firme y su brazo fuerte. Sólo Él tiene el poder de hacernos escapar de todo mal y trance pasajero.