Indignados, ¿revolución o cambio?

Hace tan sólo unas semanas que se iniciaba en España un movimiento social que no ha parado de generar polémica y de provocar debate. Muchos han sido los que han intentado buscarle un sentido al movimiento, unos orígenes, un objetivo, delimitar sus partícipes o aproximarse a quienes lo componen. Dependiendo del medio de comunicación al que nos acerquemos para informarnos del movimiento de «indignados» será descrito de una manera u otra; visto con mejores o peores ojos. Lo cierto es que a nadie le ha dejado indiferente, y es extraña la conversación cotidiana que no acaba haciendo referencia a los campistas de plazas y parques de algunas de las ciudades de España.

Esta misma semana sabíamos, gracias a Protestante Digital, diario electrónico de la Alianza Evangélica Española, que algunos jóvenes cristianos evangélicos participan en el movimiento 15-M, tanto en la Plaza del Sol de Madrid como en la Plaza de Cataluña de Barcelona. Ante este hecho, ¿qué tiene que decirnos la Biblia?

Hace casi dos siglos que Guillermo Groen Van Pristerer iluminó la escena política europea con una serie de conferencias tituladas «Incredulidad y revolución». Van Prinsterer, político holandés de fe evangélica y teología reformada, dedicó grandes esfuerzos al estudio del pensamiento revolucionario europeo. Descubrió que la revolución se opone a las enseñanzas de las Escrituras por varios motivos: los apóstoles Pablo y Pedro nos hablan de la sujeción a las autoridades y Daniel, el profeta, afirma taxativamente que toda autoridad es puesta por Dios. En definitiva, la revolución parte de un pensamiento positivista y del liberalismo humanista, que afirma que todo ser humano es bueno por naturaleza. Este principio, totalmente inexistente en las Escrituras, choca con la idea bíblica de la depravación total del género humano. En la Biblia se nos presenta el relato de una humanidad caída, que ha sucumbido al pecado y que, por ella misma, no es capaz de mejorar o encontrar soluciones a sus problemas. La revolución, según Van Prinsterer, es un intento humanista de cambiar una realidad imposible de cambiar. Únicamente a través de la Palabra de Dios, de la conversión, de la obra de Cristo en la Cruz y de la Gracia Divina puede el hombre escapar de su naturaleza caída.

Las sociedades no dejan de ser agrupaciones de hombres y, por tanto, nacen con las virtudes y defectos de éstos. Por tanto, la situación de crisis y corrupción que vive hoy el mundo es causa exclusiva de la naturaleza caída del hombre. La revolución y el cambio que propone la revolución de los «indignados» no deja de ser otro intento humano y erróneo de dar soluciones humanas a un problema fundamental. La única manera de transformar a la sociedad y por extensión a sus gobernantes es que todos se vuelvan al Señor. Es algo que Van Prinsterer tuvo muy claro, que los verdaderos cristianos de todas las épocas tuvieron clarísimo y es algo que todos nosotros, cristianos del siglo XXI, deberíamos tener también claro.

Todos somos conscientes que las Escrituras nos invitan a cambiar nuestro entorno, desde la voluntad de Dios, y trabajar por mejorar el Mundo; pero no nos abren las puertas a la revolución y mucho menos a las revueltas en nombre de principios espurios, destructivos y humanos como el comunismo, el anarquismo o cualquier otra forma de falta de buen gobierno y libertad personal.

Si hoy te sientes indignado con la realidad que te envuelve mira también dentro de ti, seguramente también sientas indignación contigo mismo. Jesucristo va a dar una respuesta a tanta indignación calmando la ira de tu corazón. El Señor Jesús trae paz y redención a tu vida, búscale hoy en la Biblia, léela y descubrirás la auténtica «revolución» que tu alma necesita.