El Reino de Dios

"Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca." (Mateo 7:24)

 

Jesucristo nos emplazó, una y otra vez, a que fuésemos hacedores de su Palabra y no sólo oidores. Con esto nuestro Señor nos quería prevenir de aquella actitud, tan típica entre los hombres, de "predicar una cosa y hacer la contraria". Son muchos los que conociendo a Jesucristo, entendiendo sus enseñanzas, no las ponen en práctica por uno u otro motivo.

Todos somos conscientes que la salvación del hombre viene por la fe, como regalo de la Gracia infinita de Dios, en Jesucristo y su obra de expiación en la cruz (en la que pagó las culpas de todos nosotros a causa del pecado); pero el alcanzar los valores del Reino de Dios es un objetivo inexcusable en la vida del creyente justificado.

El trabajar por conseguir que los valores del Reino de Dios lleguen a los hombres es una prioridad. La Palabra de Dios es tajante en cuanto a que el Reino no tendrá su plenitud y expansión máxima hasta que se produzca el retorno del Rey (Jesucristo); no obstante los miembros de este reino tenemos que esforzarnos por hacer brillar su luz y sus valores. El pecado que reina en el Mundo imposibilita cualquier utopía social de justicia. Esta situación no se revertirá, como hemos dicho, hasta que el Señor retorne a juzgar a vivos y a muertos, a condenar a los pecadores, a salvar a los creyentes, en definitiva, a establecer los nuevos cielos y la nueva tierra.

Todos conocemos de grupos autodenominados cristianos que hacen de la fe en Cristo un medio para alcanzar lo que ellos denominan justicia social. Para ellos el hombre y los valores humanitarios son el principal objetivo del cristiano. Si bien Cristo demuestra su amor para con los hombres, su entrega y su cuidado por ellos, no establece la justicia social como objetivo redentor. La justicia social de Jesucristo es, ni más ni menos, amor al prójimo, cumplimiento del mandamiento divino.

Aprendamos a amar más y más a Dios y a nuestro prójimo como Jesucristo lo hizo. La salvación es obra de Nuestro Señor Jesucristo y a nosotros nos resta ser agradecidos amando a quien nos salvó y a aquellos a quien, como criaturas suyas, Él ama: a los hombres.