Oliver Cromwell

"Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia,sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne." (Romanos 13:13-14)

 

Se acercan las fiestas navideñas y muchos españoles se preparan, como en el resto de países de cultura cristiana, para celebrarlas. Si tuviésemos que describir como es una Navidad típicamente española, seguramente extrapolable a más de un país, diríamos que se trata de una fiesta familiar, con banquetes y regalos. A esto también hay que añadir que se hacen fiestas públicas, privadas, se baila, en ocasiones se bebe y, en otras, se utilizan estos días para descansar o para cualquier otra actividad privada.

Lo cierto es que no es muy diferente de cómo se celebraba la Navidad en siglos pasados. Podríamos decir que aún era mayor el contenido “humano” de la celebración. Se organizaban espectáculos teatrales de contenido que nada tenía que ver con el nacimiento de Cristo (como ahora), se improvisaban fiestas callejeras y en tabernas donde el alcohol corría a raudales (como ahora) y se organizaban comilonas fastuosas mientras mucha gente se moría de hambre en sus casas o en las calles (como ahora).

Ante todo este espectáculo lamentable un grupo de cristianos ingleses del siglo XVIII protestó. Ellos eran convencidos seguidores de Jesucristo, amaban profundamente a su Dios y Señor. Conocían por su Palabra, la Biblia, que la Navidad no era una festividad ordenada por Dios y, además, se desconocía la fecha original del nacimiento de Cristo (pero con toda seguridad no era en invierno). Para Dios lo importante no era el nacimiento de Jesús como tal, si no la muerte en la Cruz para salvarnos a los hombres del pecado. Siendo conscientes de todo ello y teniendo en mente lo impías y paganas que eran esas fiestas (recordemos que eran antiguas fiestas paganas cubiertas con maquillaje cristiano obra del catolicismo romano) pidieron que se prohibiese su celebración.

En aquella época Inglaterra estaba dominada por un parlamento de mayoría cristiana (los puritanos) y a la sazón Oliver Cromwell (fiel siervo de Jesucristo) era Lord Protector. Así que el 3 de junio del año 1647 el parlamento prohibió la celebración de la Navidad por inmoral.

Hoy como cristianos del siglo XXI podemos pensar que aquello fue un acto de celo extremista pero la realidad es otra. Cromwell y los puritanos no hubiesen puesto objeción alguna a estas fiestas si hubiesen sido celebradas con espíritu cristiano y poniendo énfasis en Cristo: en su obra redentora. Mirando a mi alrededor, viendo en la orgía de consumismo y adoración de la familia sin valores en que se ha convertido la Navidad, me siento, como puritano que soy, de nuevo en del siglo XVIII, pero esta vez dudo que podamos prohibir las fiestas. Tendremos que luchar, con el poder de la Palabra, para dar a conocer a Cristo en medio de una sociedad que lo ha abandonado y se ha entregado en brazos del deleite y el pecado sirviendo, como siempre, a su señor: Satanás.