Johann Sebastian Bach

"Cantad a Jehová, vosotros sus santos, Y celebrad la memoria de su santidad" (Salmo 30:4)
"Cantadle, cantadle salmos; Hablad de todas sus maravillas" (Salmo 105:2)


Si alguien se merece ostentar este título no es otro que Johann Sebastian Bach, y lo digo sin intención de ofender a tantos y tantos artistas que han consagrado su obra a Dios cantando, componiendo o dirigiendo poderosos ministerios de alabanza a lo largo de la historia. Todos ellos tienen el gran honor de haber dedicado sus dones a la gloria de Dios y del Señor Jesucristo; pero por encima de todos ellos brilla, como campeón, el músico de Eisenach (Turingia, Alemania).

 

Dotado de gran temperamento, de una personalidad compleja y, por encima de todo, de un sentido musical altamente espiritualizado entregó la consagración de su arte a la música cristiana. Ciertamente su música tiene lugar en el seno de la Iglesia luterana pero, y esto es lo importante, transciende a esta denominación y alcanza a la Iglesia Universal.

Tan sólo hay que escuchar una cantata, una misa o un oratorio del gran maestro Bach y podremos oír como brota una sed de amor y honra a Dios inimaginable. Si prestamos atención a las letras (con ayuda de una traducción) podemos ver que no se diferencian, en nada, a las que podrían surgir de cualquier compositor moderno cristiano e, incluso, es posible que su contenido sea mucho más sustancial y sustentado en la Palabra de Dios.

La razón que explica la belleza del arte musical de Bach no es su propio mérito, sino que se fundamenta en la bendición divina. Durante toda su carrera Johann Sebastian tuvo claro que el fin de su música era alabar a Dios, como el mismo dijo: “El único propósito y razón final de toda la música debería ser la gloria de Dios y el alivio del espíritu”