La confesión, un regalo de Dios

"Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago" (Romanos 7:15).

 

Como dice el Apóstol Pablo en la cita de la cabecera de este artículo, hacemos lo que aborrecemos, y no lo entendemos. Pese a que no queremos pecar con la cabeza, lo hacemos con nuestros miembros. Porque por la gravedad del Pecado Original estamos corrompidos, y sólo la gracia de Dios consigue despegarnos del pecado, aunque nunca de forma total, pues la única Persona sobre la Tierra que ha logrado no pecar jamás y cumplir la Ley no fue otra que el Señor Jesús, Dios con nosotros.

La confesión bíblica, la única que contiene la Palabra y la única merecedora del nombre de cristiana es la confesión con Dios o con un hermano que, voluntariamente, se ofrezca a escucharnos.

La primera confesión es la más directa y personal de las dos. Decimos a nuestro Dios nuestros pecados y le imploramos que nos perdone, arrepintiéndonos de haberlos cometido y con propósito de no volverlos a cometer. Al confesar nuestros pecados de esta manera no podemos tener ninguna duda del perdón de Dios, es más, sería pecado no creer en la bondad de Dios y en su perdón. Porque, como dice el Apóstol Juan: "si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9).

El Apóstol Santiago nos habla en su Epístola del segundo tipo de confesión de la siguiente manera:

"Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho" (Santiago 5:16).

En este tipo de confesión es Dios también el único que perdona, puesto que "[..] donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18:20). Además, un hermano de confianza puede darnos consejos y sernos de ayuda, y nuestras tribulaciones también le pueden ser de ayuda a él para sus luchas contra el Maligno. Nótese que Santiago pone un énfasis en la bidireccionalidad de la confesión: los dos hermanos deben confesarse entre sí los pecados, no sólo uno a otro.

Así pues, ¿nos confesamos todos los días con Dios, arrepintiéndonos y con intención de no volver a cometer mañana los mismos pecados? Si aún no lo haces, hoy puede ser un buen día para comenzar a hacerlo.