Dibujo de la Bestia de Apocalipsis, por Alberto Durero

"Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros" (1 Juan 2:19)

Definiríamos la apostasía como el abandono de Dios por cualquier otra cosa. A veces esa otra "cosa" puede ser fácilmente identificable, en otras ocasiones tiene apariencia de Dios.

Esta semana pasada leíamos en diversos medios de comunicación sobre la salida de un grupo de catolizantes y tradicionalistas de la comunión anglicana, para pasarse a las filas de los católico-romanos. Como cristianos comprometidos con la Iglesia puede que la noticia nos haya llegado a impactar. Ni que decir tiene que para muchos puede haber supuesto una sorpresa y, hasta cierto punto, un hecho doloroso. No obstante, yo quiero resaltar las palabras del Apóstol Juan, con las que he encabezado el presente artículo, para utilizarlas como respuesta ante este anuncio del papado.

Para nosotros, los cristianos, es doloroso ver marcharse a personas que considerábamos hermanos en la fe. Pero si nos fijamos bien, en este caso es difícil encuadrar al grupo de disidentes dentro de la Iglesia de Cristo. No estoy diciendo que ningún miembro del grupo de tradicionalistas anglicanos sea cristiano, ni mucho menos; sencillamente sostengo que sus prácticas, llenas de mandamientos de hombres y tradiciones heredadas, habían contaminado su teología de tal forma que, en muchos casos, había dejado de ser bíblica para tornarse tradicional y falsa. Y es que este grupo no había hecho otra cosa que sustituir, paulatinamente, la Verdad y seguridad de Dios por esa "otra cosa" que, en su caso, sería la tradición eclesiástica. Ahora este grupo anglicano pertenece a la iglesia católica-romana (eso sí, a fuerza de haberles creado una prelatura a "su medida"), y con ello lo único que han hecho es ir un poco más allá en su adoración a la iglesia (En minúsculas puesto que no es verdadera Iglesia, sino una institución humana).

Los cristianos debemos sentirnos tristes, no porque ellos se hayan marchado a Roma, sino porque, habiendo estado antes en una iglesia que aún predica a Cristo, no se les haya ofrecido la verdad del Evangelio con la suficiente fuerza y poder como para rechazar a su dios falso. A fin de cuentas muchas personas vendrán a iglesias cristianas y otros muchos se marcharán de ellas. Lo realmente importante para nosotros es que un pecador venga a Cristo y no que nuestras iglesias se llenen de fieles que nunca han conocido a Jesús y que, mucho menos, han entregado su vida a Él.

"Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía [...]" (2 Tesalonicenses 2:3)